La velocidad importa: por qué comer fruta es más saludable que beberla
AUTORA: BEATRIZ ROBLES
Ni la identidad del asesino Zodiac ni las desapariciones del Triángulo de las Bermudas le llegan a la suela de los zapatos al verdadero misterio que nos desvela por las noches: ¿cómo es posible que una fruta entera sea el paradigma de la salud y la misma fruta, la mismita, sin hacer nada más que exprimirla sea la encarnación del mal que ríete tú de Damien de La Profecía? ¿Por qué los nutricionistas incitamos constantemente a que comas más verdura, pero renegamos de los batidos verdes que tienen mogollón de hortalizas como los vampiros huyen de los crucifijos?
O una de nuestras turras más legendarias: al triturar la fruta se liberan los azúcares. “Pero, alma de cántaro, si voy a masticarla igual, ¿qué más da que lo haga yo o que lo haga la túrmix?” Si me hubieran dado un euro por cada vez que escucho este original argumento, a estas alturas me dedicaría a contar mis billetes desde un enclave paradisíaco, no a dejarme las neuronas interpretando estudios sobre nutrición para que al final te fíes más de la última influencer de TikTok.
Las conspiranoias de Iker –Jiménez o Casillas, tanto da, que da lo mismo– son de aficionado en comparación con el fenómeno de alimentos saludables convertidos en satanás por obra y gracia del exprimidor. Así que prepárate, porque nos subimos a la nave del misterio nutricional para que descubras por qué, aunque los ingredientes sean idénticos, beber y masticar no es lo mismo (y que lo que bebes, cuenta).