Las falsas promesas de los alimentos con aloe vera
AUTORA: BEATRIZ ROBLES
De milagro dermatológico a superalimento en el lineal del supermercado. Sería extraño -y peligroso- embadurnarnos de gel de aloe tras salir de la ducha y luego untarlo en la tostada del desayuno. Pero eso no ha impedido que se extienda la creencia de que sus propiedades beneficiosas en el campo de la cosmética pueden ampliarse a la alimentación.
Es un efecto halo en toda regla: a partir de las características de un producto nos creamos una opinión sobre él, atribuyéndole propiedades positivas en otros aspectos. La realidad es que, por mucho que sus partidarios lo sugieran, ya puedes comer tractores de aloe vera que no vas a conseguir la piel de Cleopatra recién salida de la bañera de leche de burra. Es más, puedes estar jugándotela.
El aloe vera (o aloe barbadiensis) se usa de forma tópica por sus propiedades cosméticas, y hay evidencia de que puede tener efectos beneficiosos sobre algunos problemas de la piel. El National Institutes of Health considera que hay pruebas suficientes de que puede ayudar en el tratamiento de la psoriasis y los sarpullidos, pero no está tan claro que tenga efectos probados en otros usos típicos como la curación de heridas -una revisión Cochrane sobre el tema determinó que había falta de evidencia- o la reducción de cicatrices. No es mágico, pero tiene una reputación incontestable, ciertas propiedades probadas y es un compuesto seguro, razones más que suficientes para colonizar los estantes de la perfumería.