Por qué tenemos menos hambre cuando hace calor (y qué conviene comer para refrescarse)
AUTORA: BEATRIZ ROBLES
Con razón la representación del sufrimiento eterno se hace tradicionalmente entre calor y llamaradas infernales: si los pintores clásicos hubieran paseado por la Puerta del Sol en pleno veranito madrileño, tendríamos cuadros plagados de osos, madroños y plazas diáfanas sin una sombra. Salvo para unos pocos incondicionales del verano que disfrutan tumbándose en la toalla vuelta y vuelta a las 12 de la mañana en la playa, al común de los mortales el calor nos irrita, desespera y aplatana. Y nos quita las ganas de comer.
Esto sucede porque el control de la temperatura corporal y los mecanismos que regulan el hambre y la saciedad están relacionados. Para poder mantener la vida, nuestra temperatura tiene que mantenerse en un rango muy ajustado y el hipotálamo, situado en el cerebro, es el centro de control que la mantiene dentro de ese margen óptimo.
Sin embargo, hay factores que pueden subir esa temperatura, como la fiebre, el ejercicio físico, el calor achicharrante de este verano infernal o la ingesta de alimentos. Sí, comer sube nuestra temperatura; algo que por otra parte no necesitabas que te aclarásemos: solo tienes que recordar los calores que te entraron cuando el camarero te sacó el quinto plato del menú en la boda de tu primo Luis Miguel. Las razones por las que sudas al empezar a comer la “crema de marisco con colas de gambas” te pueden resultar menos conocidas. Vamos a descifrarlas.