Precarios y con sobrepeso: así aumenta el riesgo de obesidad
AUTORA: BEATRIZ ROBLES
Cuando tienes un buen trabajo -¿todavía los hay?- puede que no lo reconozcas como tal. Y mira, si eso te lleva a reivindicar mejores condiciones, tanto mejor; incluso si las que tienes son la envidia de todos tus amigos precarizados, pero los malos trabajos, los trabajos penosos, son como el pijerío de Tamara Falcó: no lo pueden disimular. Aun así, por si tu jefe te viene con cuentos sobre las condiciones “envidiables” que tienes -y el consabido “hay gente que se pega por ocupar tu puesto”-, la literatura científica describe qué es un buen trabajo: tiene que ofrecer seguridad laboral, ingresos suficientes, un entorno físicamente seguro con procedimientos de trabajo claros y responsabilidades bien definidas y, por supuesto, derechos para los trabajadores y un ambiente que favorezca la salud mental.
¿No cumples ni uno solo de los requisitos? ¡Bingo! Es probable que te reconozcas mucho mejor en los indicadores que, también desde la academia, caracterizan al empleo precario. Que, por si alguien no se olía esa tostada, tiene consecuencias poco agradables, como sedentarismo, ansiedad, estrés, falta de control sobre tu vida y más tendencia a la obesidad. Hay varias herramientas descritas para validar lo que ya sabes: que tu trabajo es una moderna manera de explotación. Desengáñate, aunque no bajes a la mina, estar 12 horas delante del ordenador y 24 con disponibilidad total, pendiente de los correos de trabajo y notificaciones varias de la empresa no es disponer de tu vida).