Ir al contenido principal

Autor: Beatriz Robles

Bajo la lupa: aguas funcionales Solán de Cabras

Estas bebidas refrescantes están promocionadas con los reclamos «Antiox», «Repair» y «Defence», que sugieren beneficios específicos para la salud. Y, aunque en sus envases no se presenten como «aguas funcionales», las campañas publicitarias de Solán de Cabras han recurrido al concepto «funcional», que hace referencia a aquellos alimentos que, incorporados de forma habitual a la dieta, tienen, supuestamente, un efecto positivo sobre alguna función o reducen el riesgo de enfermedad. ¿Es este el caso? Veamos.

Dieta cenicienta y superalimentos en La Mañana de TVE #CortaElBulo

La desinformación alimentaria interesa.

No lo dudes ni por un momento.

Y no me cansaré de repetir que todos, absolutamente todos, tenemos que estar alerta ante la información que nos llega para no ser soldados sin criterio del ejército de los bulos, trabajando para ellos (sí, difundir información falsa es hacerles el trabajo).

Pensamiento crítico. Criterio. Escepticismo.

En este contexto, es de agradecer que la televisión pública muestre un verdadero compromiso de servicio público y ayude a su audiencia a detectar y combatir las mentiras que circulan por la red.

Eso es exactamente lo que hace la periodista Irma Frigenti en la sección #CortaElBulo del programa La Mañana.

El 24 de mayo me invitaron para desmontar información falsa relacionada con la alimentación, concretamente con la llamada “dieta Cenicienta” y con los supuestos “superalimentos”.

Puedes ver la sección aquí:

Dieta cenicienta y superalimentos

Sobre los superalimentos seguro que ya tienes claro que no existen.

Por mucho que nos empeñemos en querer buscar el Santo Grial dietético, no hay alimentos con propiedades milagrosas (tampoco los que se traen de la otra parte del mundo).

Los garbanzos no sirven como tratamiento para la depresión, el brócoli no puede tratar el cáncer, el repollo no es un antibiótico natural, el cilantro no elimina los metales pesados que has acumulado… Y podemos seguir.

Y sobre la “Dieta Cenicienta”, tengo algo que decirte.

Dieta Cenicienta

Es un reto que consiste en intentar alcanzar la figura de un personaje de ficción. Es más, es un personaje de animación, así que su diseño no tiene que cumplir absolutamente ningún patrón ni tener proporciones lógicas.

Si extrapolásemos las dimensiones de la Cenicienta de Disney a las de una persona real, probablemente serían imposibles (como ya hemos visto en otros casos, como el de la muñeca Barbie).

Por otra parte, este tipo de retos virales dañinos son bastante habituales. Hemos tenido el “Ab crack challenge” (que consiste en tener marcada la línea media del abdomen) o el “A4 challenge” (que la cintura no sea más ancha que un folio A4) o el “thigh gap challenge” (lograr que haya un espacio entre los muslos al juntarlos).

Todos ellos tienen varias cosas en común: se hacen virales, triunfan entre personas muy jóvenes, aspiran a un estándar físico irreal, todos ellos centran su objetivo en determinada parte del cuerpo (cuando todos los cuerpos son distintos y, en función del tipo de cuerpo, puede ser un reto inalcanzable, lo que incrementa la frustración) y pueden ser una puerta al desarrollo de trastornos de la conducta alimentaria.

En el caso concreto de la “dieta cenicienta”, además de fijarse en la cintura de este dibujo animado, se habla de alcanzar un IMC inferior a 18, lo que, para la clasificación de la  OMS supone “bajopeso”.

En realidad, estamos ante un fenómeno que lleva años pasando: la apología de los trastornos de la conducta alimentaria.

Pero, cuando antes era una anormalidad que se escondía en páginas web “pro-ana” y “pro-mía”, ahora ha encontrado en las rrss un escaparate para exhibirse abiertamente y alardear de ello con más o menos impunidad. Generalmente, cuando los medios de comunicación y los profesionales de la salud nos percatamos de que estos retos existen y advertimos de sus riesgos, ya ha llegado a multitud de personas que pueden ser más o menos vulnerables y susceptibles de seguirlos.

Si una noticia sobre alimentación suena demasiado bien, probablemente sea mentira.

La nutrición es una ciencia, y no se mueve a base de descubrimientos asombrosos. El conocimiento real, en todas las áreas, avanza lentamente.

Las dietas, programas y alimentos “detox” son un timo. Y pueden ser peligrosos.

Lee más aquí.

Carne, pescado, leche y huevos sin animales: los alimentos del futuro se fabrican en una placa de Petri

No te eches a correr.

Puede sonar futurista y se vienen a la cabeza imágenes de científicos locos haciendo experimentos en su laboratorio.

Los alimentos que imitan los productos de origen animal son ya una realidad. «Hamburguesas», albóndigas y «salchichas» vegetales se pueden comprar en todos los supermercados.

Pero hablamos de ir un paso más allá. No solo de «imitar» con ingredientes vegetales. Se trata de conseguir productos que se parezcan tanto a los originales que sean indistinguibles al paladar. Es más, avanzamos un poco más y queremos que tengan la misma composición.

Y puede hacerse.

¿Has oído hablar de la hamburguesa vegetal «que sangra»? Se ha conseguido manipulando un microorganismo para que produzca una proteína similar a la de la sangre, pero de origen vegetal.

¿Conoces el queso vegetal? Lleva las mismas proteínas de la leche… sin leche.

De esto te hablo en mi

nuevo artículo para Nutrir Con Ciencia
de El País.

En 50 años nos libraremos de la insensatez de criar un pollo para comernos el ala o la pechuga, haremos que estas partes crezcan independientemente en un medio de cultivo”.

La predicción que Winston Churchill hizo en 1932 se adelantó unas décadas, pero no era desacertada. Los alimentos que imitan las características de productos de origen animal sin que en su elaboración haya ingredientes procedentes de animales son ya una realidad en el mercado. Y su potencial no ha hecho más que arrancar…
Sigue leyendo.

Aprovecho para comentarte que la política de El País ha cambiado, y ahora tendrás que registrarte para leer el artículo completo. Es gratuito y te llevará un minuto, pero quiero que lo sepas de antemano, porque está un pelín menos accesible.

Si quieres saber más, también puedes consultar

este artículo
que escribí para Webconsultas o

mi hilo de Twitter
sobre el tema.

Y ya te digo que las versiones más sofisticadas aún no están a la venta, pero llegarán.

¿Te atreves con ellas?

Consultorio nutricional: alimentos con triptófano y aloe vera para comer

¿Son seguros los edulcorantes?

Sí, todos los aditivos que se emplean en la Unión Europea (incluidos los edulcorantes) son seguros en las dosis utilizadas por la industria. Para proteger la salud de los consumidores, el uso se limita a los que están autorizados, y se regula tanto la cantidad como los alimentos a los que puede añadirse cada uno. La Autoridad Europea para la Seguridad de los Alimentos (EFSA) reevalúa periódicamente su seguridad basándose en todas las investigaciones publicadas.

A pesar de que se ha planteado que pueden ocasionar problemas por alterar la microbiota intestinal, las investigaciones en esta línea presentan limitaciones, ya que los estudios se han realizado solo en roedores, los resultados varían según el edulcorante (solo la sacarina y la sucralosa podrían modificarla) y se desconoce si estos cambios acarrean efectos adversos.

Siempre que se sustituyan los azúcares, los edulcorantes sí pueden tener una ligera relación en el peso. Nutrimedia, un proyecto de la Universidad Pompeu Fabra, ha evaluado la evidencia en torno al uso de estas sustancias y su efecto sobre la obesidad, y establece, con un grado de certeza alto, que «el consumo de edulcorantes puede ayudar a mantener o reducir ligeramente el peso siempre que se empleen en sustitución de los azúcares y se siga una dieta supervisada por un profesional sanitario».

La carne, la leche y los huevos del futuro se fabrican en el laboratorio

“En 50 años nos libraremos de la insensatez de criar un pollo para comernos el ala o la pechuga, haremos que estas partes crezcan independientemente en un medio de cultivo”. La predicción que Winston Churchill hizo en 1932 se adelantó unas décadas, pero no era desacertada. Los alimentos que imitan las características de productos de origen animal sin que en su elaboración haya ingredientes procedentes de animales son ya una realidad en el mercado. Y su potencial no ha hecho más que arrancar….

Las recomendaciones sobre consumo de carne no han cambiado (a pesar de los titulares)

Hace unos días nos despertábamos casi sobresaltados.

Seis artículos y un editorial publicados en Annals of Internal Medicine parecían ir en contra del dogma establecido y postulaban que no hay evidencias que relacionen el consumo de carne con efectos adversos sobre la salud e iban más allá: establecían nuevas recomendaciones que consistían en que los adultos deben mantener su consumo actual de carne.

¡Todo ha dado la vuelta! ¡Ya no podemos fiarnos de nada!

No tan deprisa. No es tan fácil y detrás del titular había gato encerrado. Numerosas entidades nacionales e internacionales pusieron el grito en el cielo y emitieron comunicados expresando sus desavenencias con esa publicación.

Aquí tienes algunos:

Y se ha analizado en artículos de Juan Revenga, Laura Caorsi o Maldita Ciencia.

A mí me ha parecido grave. Pero no por el efecto aparentemente disruptor de estas «nuevas» recomendaciones, sino por algo más profundo.

Algo que te cuento a continuación.

Un planteamiento temerario

Además de los fallos metodológicos que han puesto sobre la mesa organismos como la Sociedad Española de Epidemiología, lo que más llama la atención de este estudio es el apartado de recomendaciones, que sugiere que los adultos continúen con su consumo actual de carne roja y carne procesada, e incluyen que el grado de evidencia es bajo y la recomendación es débil.

¿El producto estrella de la nueva dieta saludable? Ni de coña

A pesar de que los datos que los autores analizan apuntan precisamente a que, de haber una relación entre el consumo de carnes y el riesgo de enfermedad cardiometabólica, mortalidad y cáncer, esta relación es positiva, hacen una recomendación contraria a sus propios resultados y al consenso científico vigente.

Cabe señalar que son datos ya publicados y analizados, pero es en el apartado de recomendaciones cuando los autores hacen una interpretación contraria a la que entidades de referencia y otros autores han hecho previamente. Esto es importante: no hay nuevas investigaciones robustas que sugieran que el consenso científico estaba equivocado, es la interpretación lo que varía.

Las recomendaciones a la población se hacen sobre la evidencia científica de mejor calidad, bajo un criterio de responsabilidad y un principio de precaución que parecen ausentes en este caso. Cabe preguntarse hasta qué punto se estaba buscando que un mensaje disruptivo, en contra del consenso científico, tuviera un impacto mediático que no podría alcanzarse si las recomendaciones fuesen las ya conocidas y aceptadas.

Dar cancha a estas publicaciones consigue que la población crea que no hay consenso científico o que este ha cambiado.

La investigación en nutrición avanza matizando y es verdad que los mensajes cambian, pero no por un estudio que le dé la vuelta a todo, sino por una acumulación de conocimiento en forma de revisiones de revisiones sistemáticas y metaanálisis de alta calidad hasta llegar a nuevas conclusiones (que, indudablemente pueden ser refutadas en el futuro).

Lo que me parece más grave de esta situación es el efecto que tiene en la población. Esto es desinformación.

Una parte importante de los consumidores va a enterarse de que un nuevo estudio cambia las recomendaciones de consumo de carne roja y procesada y va a quedarse con eso. Indudablemente habrá personas a las que no les suene coherente e intenten profundizar más, y llegarán a los artículos en los que se recopilan las reacciones de las entidades de referencia en las que se ponen de manifiesto los errores, y descartarán esas recomendaciones.

Aunque sea falso, para parte de los consumidores el mensaje que va a quedar es: «Siga comiendo carne como hasta ahora»

Pero para muchas personas la idea que permanecerá es que se puede comer carne roja y procesada sin problema, o que los científicos no se ponen nunca de acuerdo en nada y cada día dicen una cosa, que no hay consenso y que los mensajes son contradictorios. Esto mina la confianza en los mensajes científicos contrastados, y esa duda es terreno abonado para que la desinformación sobre ciencia campe a sus anchas.

Claro que la investigación y los estudios observacionales tienen limitaciones (expliqué las razones en Nutrir con Ciencia de El País): los datos son autorreportados y pueden estar sesgados, es difícil establecer relaciones causa-efecto, puede haber sesgos de selección… pero aportan datos útiles y si están bien diseñados, tienen un tamaño muestral adecuado, se analizan correctamente y se interpretan de forma rigurosa y, además, apuntan de forma consistente en una dirección, deben tenerse en cuenta para hacer recomendaciones de salud pública.

La próxima vez que encuentres un titular llamativo, ponlo en entredicho desde el minuto 0 (ya habrá tiempo de determinar si es veraz o no).

¿Quieres saber por qué es distinto el efecto sobre la salud de la carne roja, la blanca y la procesada?

Te lo cuento aquí.

Ir al contenido WordPress Double Opt-in by Forge12