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Autor: Beatriz Robles

Cómo los sucedáneos de chocolate se convirtieron en chocolate auténtico (en un instante) a golpe de legislación

(Está delicioso y es la debilidad de mucha gente.

Pero algunos chocolates que comemos hoy no habrían podido llevar la denominación “chocolate” en su etiqueta hace unos años.

Sólo eran “sucedáneos de chocolate” y no se equiparaban legalmente con el verdadero chocolate, hecho con cacao y manteca de cacao, sin otras grasas (como el aceite de palma o la grasa de coco).

Algo cambió. Y la clave una vez más está en la lista de ingredientes.

¿A qué llamamos chocolate?

Antes de abordar la polémica sobre la composición del chocolate tengo que contarte qué es chocolate y qué no es chocolate (al menos a efectos legales).

Para el Códex alimentarius, la Directiva 2000/36 y para el Real Decreto 1055/2003 (que la transpone) el chocolate es “el producto obtenido a partir de productos de cacao y azúcares que contenga un 35 % como mínimo de materia seca total de cacao, del cual un 18 % como mínimo será manteca de cacao y un 14 % como mínimo materia seca de cacao desgrasado.”

A partir de esta definición de chocolate encontramos todo el abanico de variedades comerciales que tienes disponibles en cualquier supermercado. Se le van añadiendo ingredientes y la proporción de cacao y manteca de cacao va disminuyendo:

sucedaneos de chocolate-tabla

Puedes descargarte la tabla con las características de los distintos tipos de cacao y chocolate para ver bien todos los datos. Haz clic aquí.

A los distintos tipos de chocolate se le pueden añadir otros ingredientes (hasta un máximo del 40% de peso) pero hay limitaciones:

1-. Está expresamente prohibido añadir grasas animales que no procedan de la leche.

2-. Sólo están autorizadas las harinas, féculas y almidones para el chocolate a la taza y el chocolate familiar a la taza.

3-. Sólo se pueden añadir aromas que no disimulen el sabor del chocolate o de la grasa láctea.

sucedaneos de chocolate tipos

Aunque se puede encontrar chocolate etiquetado como “negro”, ni la Directiva europea ni la Reglamentación Técnico Sanitaria española lo consideran una categoría de chocolate ni establecen las normas que debe cumplir: es una denominación comercial pero no está amparada legalmente (sí se definía la “cobertura de chocolate negro” en la Reglamentación técnico sanitaria de 1990 pero se derogó y no se incorporó en la nueva norma).

 

sucedaneos de chocolate negro

Ejemplos de varios tipos de «chocolate negro» (la legislación no regula sus características) y sus abismales diferencias en cuanto al contenido en cacao.

Como curiosidad, en EEUU tampoco se define legalmente el chocolate negro (dark chocolate) lo que ha motivado una petición en Change.org en la que se solicita a la FDA que establezca un estándar (como ya lo hay para el chocolate con leche o el chocolate blanco) para evitar engaños a los consumidores.

Actualmente en EEUU el chocolate como tal no puede llevar aceites vegetales que sustituyan a la manteca de cacao. Si se incorporan como ingrediente el producto resultante no será chocolate y deben indicar “cacao dulce y cobertura de aceite vegetal” o “chocolate dulce y cobertura de aceite vegetal”.

La petición se fundamenta en que los consumidores consideran que, como el chocolate negro no tiene definición legal, podría estar elaborado con aceites vegetales y denominarse “chocolate negro” en el etiquetado y la única manera de saber que no es chocolate sino un sucedáneo sería comprobar la lista de ingredientes.

 ¿Todos los productos con aspecto de chocolate cumplen con estas normas?

No.

Hay muchos alimentos que no cumplen con los requisitos en cuanto a los porcentajes obligatorios de composición o incorporan ingredientes que no están permitidos en el chocolate y no pueden considerarse como tal.

Por eso hay una norma específica (Real Decreto 823/1990) que regula los productos que pueden parecerse al chocolate pero que no se ajustan a sus condiciones.

Se consideran sucedáneos de chocolate los productos que pueden ser confundidos con chocolate y cumplen con los requisitos legales del chocolate pero en los que la manteca de cacao se sustituye total o parcialmente por otras grasas vegetales (hidrogenadas o no hidrogenadas).

El matiz clave se recoge en un párrafo añadido por el Real Decreto 1055/2003 que indica que “la definición de »sucedáneos de chocolate» únicamente afecta a los preparados en los que se sustituya total o parcialmente la manteca de cacao por otras grasas vegetales, según se indica en el párrafo precedente y, por tanto, no es de aplicación a los productos a los que se les adicionen grasas vegetales distintas a la manteca de cacao, de acuerdo con lo establecido en el apartado 2 de la mencionada reglamentación técnico-sanitaria (Real Decreto 1055/2003), sobre los productos de cacao y chocolate destinados a la alimentación humana.”

Es un sucedáneo si la manteca de cacao se sustituye por aceite vegetal.

Pero no será sucedáneo si el aceite vegetal solo se añade y no sustituye a la manteca (que tiene que mantener el contenido mínimo exigido para cada producto).

Claro que sigue habiendo sucedáneos de chocolate, pero algunos productos que lo eran cambiaron de categoría automáticamente y pasaron a ser chocolate.

Ahora hay productos que se venden como chocolate y que contienen aceites vegetales que no provienen del cacao.

Y este matiz supuso una batalla comercial en Europa que duró 30 años.

¿En qué consistió la “guerra del chocolate”?

El quid de la cuestión fue la posibilidad de añadir grasas vegetales distintas de la manteca de cacao.

Y para entender la importancia de esta lucha tenemos que remontarnos a 1973.

En ese año se publicó la Directiva 73/241, que pretendía armonizar la legislación sobre el cacao y el chocolate en los países de la UE para reducir los obstáculos al libre comercio y favorecer una competencia en igualdad de condiciones.

Era la Europa de los 15 y estaba dividida en dos (al menos en cuanto a su política respecto al chocolate): 7 países (Reino Unido, Austria, Dinamarca, Finlandia, Irlanda, Portugal y Suecia) permitían usar aceites vegetales en la fabricación del chocolate y querían que la autorización se recogiera en la norma europea.

Italia, Alemania, España, Luxemburgo, Grecia y Holanda, liderados por Bélgica y Francia, exigían que se fabricase sólo con manteca de cacao.

Ganaron los primeros y la Directiva admitió como válido su proceso de elaboración.

Así que la regulación europea emplazó la decisión a más adelante y decidió que se respetaran las normas nacionales: los países en los que la legislación permitía añadir aceites vegetales pudieron seguir haciéndolo (contra el criterio de Bélgica o Francia, que consideraban que esos productos eran de peor calidad y suponían una competencia desleal para los suyos, que solo contenían manteca de cacao).

España era uno de los países en los que no estaba permitido usar aceites vegetales en lugar de manteca de cacao.

El Código Alimentario Español publicado en 1967 no permitía emplear aceites vegetales en el chocolate y la Reglamentación Técnico Sanitaria de 1975 ya definía los sucedáneos como productos usaban estas grasas en sustitución de la manteca de cacao.

En 1990 se publicaron en España dos normas para regular por una parte el cacao y el chocolate y por otra los derivados del cacao, derivados del chocolate y los sucedáneos del chocolate.

Y se mantenía la prohibición de emplear grasas distintas a la manteca de cacao excepto en los sucedáneos de chocolate.

Hasta el año 2003 en España no se podían usar aceites vegetales en la elaboración del chocolate.

Pero en el año 2000 la balanza en Europa se inclinó del lado de los países que usaban aceites vegetales: la Unión Europea aprobó la Directiva 2000/36, que permite que al chocolate se adicionen hasta un 5% de grasas vegetales distintas de la manteca de cacao.

No todos los aceites vegetales valen.

La Directiva estableció que deben ser lo más parecido posible a la manteca de cacao.

Para poder emplearse en la elaboración del chocolate, las grasas vegetales deben cumplir 3 requisitos:

  1. ser grasas vegetales no láuricas ricas en triglicéridos monoinsaturados simétricos del tipo palmítico-oleico-palmítico, palmítico-oleico-esteárico y esteárico-oleico-esteárico;
  2. ser miscibles en cualquier proporción con manteca de cacao y compatibles con sus propiedades físicas (punto de fusión y temperatura de cristalización, velocidad de fusión, necesidad de una fase de temperado);
  3. únicamente pueden obtenerse mediante tratamientos de refinado o de fraccionamiento (no se permite la hidrogenación, que produce grasas trans); la modificación enzimática de la estructura del triglicérido queda excluida.

Sólo pueden emplearse los aceites de:

  1. Illipe, sebo de Borneo o Tegkawang / Shorea spp.
  2. Aceite de palma / Elaeis guineensis , Elaeis olifera
  3. Sal / Shorea robusta
  4. Shea / Butyrispermun parkii
  5. Kokum gurgi / Garcinia indica
  6. Hueso de mango / Mangifera indica

Se permite como excepción usar aceite de coco para el chocolate que se utilice en la fabricación de helados y otros productos congelados similares

Los aceites vegetales deben parecerse lo máximo posible a la manteca de cacao y sólo pueden usarse las grasas de 6 plantas específicas.

Además, en la etiqueta de los productos de chocolate que lleven aceites vegetales se debe incluir en el mismo campo visual que la lista de ingredientes, en negrita y claramente diferenciado: “contiene grasas vegetales además de manteca de cacao”.

Que las grasas vegetales añadidas tengan que parecerse lo máximo posible a la manteca de cacao tiene un aspecto positivo: de cara al consumidor el producto final será prácticamente idéntico al chocolate elaborado con manteca.

Sin embargo es una espada de doble filo.

Porque al emplear aceites tan parecidos a la propia grasa del cacao, es difícil cuantificarlos en el laboratorio y puede haber riesgo de fraude.

Para solventar este problema, la Comisión Europea ha descrito métodos analíticos para poder detectar estas grasas y determinar su porcentaje en el chocolate

La Directiva se transpuso a la normativa española a través del Real Decreto 1055/2003 y desde entonces el chocolate puede llevar aceites vegetales.

La Unión Europea no ha sido la única en enfrentarse a esta decisión.

En 2006, algunas asociaciones de la industria alimentaria de EEUU solicitaron a la FDA una “mayor flexibilidad en la tecnología empleada para producir alimentos estandarizados” y que permitiera “cualquier proceso alternativo que diera como resultado un producto equivalente”.

E incluía que se pudieran “usar grasas vegetales en lugar de otra grasa vegetal establecida en el estándar (por ejemplo manteca de cacao)”. De esta forma, la industria del chocolate no tendría un límite sobre la cantidad de manteca de cacao que podría sustituirse o sobre las grasas que podrían usarse para ello.

La propuesta no prosperó y los productos que llevan grasas vegetales no pueden denominarse chocolate.

Está claro que una decisión política como esta puede afectar al mercado internacional.

En 2005 la Comisión Europea financió un estudio para conocer el impacto de la Directiva sobre el mercado.

Tan solo habían pasado dos años desde su entrada en vigor y la investigación concluyó que había tenido un impacto muy pequeño en el mercado del cacao porque muy pocos productores habían incluido grasas vegetales en su formulación.

En cuanto a la posibilidad de reducir los aceites vegetales autorizados para elaborar chocolate, el estudio no lo recomendaba; la escasez de algunas de las grasas autorizadas había llevado a una subida de los precios. Si había varias grasas alternativas se podía optar por una u otra según el mercado.

Sin embargo, otras publicaciones han sido muy críticas con esta decisión por el impacto que ha tenido sobre los productores en África (aunque apuntan a que el rechazo creciente de los consumidores hacia el aceite de palma puede cambiar la situación).

Una lucha con condena incluidas

A pesar de la Directiva de 1973 (que buscaba favorecer el libre comercio), España e Italia se empeñaron en proteger los productos que consideraban chocolate de verdad frente a los chocolates con grasas vegetales que circulaban libremente por la Unión Europea.

Ignorando la Directiva del año 1973, España e Italia prohibieron que los productos con aceites vegetales se llamaran «chocolate».

Durante años prohibieron comercializar como “chocolate” los productos que contenían aceites distintos de la manteca de cacao y obligaron a que indicasen “sucedáneo de chocolate” en el etiquetado.

Pero perdieron la batalla.

En enero de 2003 el Tribunal de Justicia Europeo, basándose en la Directiva de 1973, consideró que esta medida estaba en contra de la libre circulación de mercancías, suponía gastos para los fabricantes porque tenían que adaptar sus etiquetas y repercutía negativamente en la imagen que el consumidor se hacía de esos productos.

España e Italia fueron condenadas a abonar las costas.

Solo unos meses después, entró en vigor la Directiva 2000/36, se aceptó el empleo de grasas vegetales y la batalla terminó.

¿Por qué interesa utilizar grasas vegetales?

Esencialmente por el precio.

Son más baratas que la manteca de cacao y se rebajan los costes.

Para los países que usan sólo manteca de cacao es un agravio comparativo porque utilizan materias primas que son más caras y a la hora de comercializarlo a ojo de los consumidores los alimentos no se diferencian en su denominación (aunque sí en su lista de ingredientes): no pueden competir en igualdad de condiciones.

sucedaneos de chocolate cacao

Según el Banco Mundial, en junio de 2017 la tonelada de aceite de palma se pagó a 621,18 dólares. En el mismo mes la tonelada de cacao en grano (del que se obtiene la manteca) costó 1998,25 dólares.

No son datos comparables pero sirven para hacerse una idea del peso que tiene el coste a la hora de optar por “rellenar” la receta con grasas vegetales.

Pero además del precio, las grasas vegetales autorizadas también tienen unas características tecnológicas que facilitan el procesado:

1-. El blanqueamiento del chocolate que se produce al almacenarlo a altas temperaturas provoca el rechazo de los consumidores. Algunas de estas grasas vegetales (como el aceite de palma) tienen un punto de fusión más elevado y se evita este fenómeno.

2-. Se consigue mayor dureza a la vez que se funde en boca.

3-. Mantiene un brillo deseable.

4-. Se procesa mejor porque afecta a la temperatura de atemperado (un proceso para conseguir un chocolate brillante), la viscosidad y la cristalización de la grasa.

5-. La manteca de cacao puede tener distintos grados de dureza. Al añadir aceites vegetales se consigue normalizar el producto (todas las partidas serán iguales).

Ahora seguro que entiendes mejor el porqué del empeño en poder emplear estas grasas.

En resumen…

De nuevo la información del etiquetado es la herramienta básica que los consumidores tenemos a nuestro alcance para hacer elecciones alimentarias.

Aunque la denominación “chocolate” no nos permite distinguir los productos elaborados exclusivamente con manteca de cacao de los que incluyen grasas vegetales, la lista de ingredientes nos da la clave.

Quede claro que no se trata de un problema de seguridad alimentaria (todos los aceites autorizados son inocuos). Y aunque tiene efectos sobre el valor nutricional del alimento, posiblemente no son determinantes (su cantidad en el producto final es pequeña).

Pero si afecta al principio de veracidad y lealtad.

Solo el consumidor bien informado podrá saber que no todos los chocolates son iguales y cómo distinguirlos.

Quizá finalmente decida que el tipo de aceite no tiene ninguna importancia para él y le resulta indistinto comprar uno u otro.

Pero ha podido hacer la elección.

 

¿Quieres más ejemplos de denominaciones confusas?

Este artículo sobre el “yogur griego” te hará verlo con otros ojos.

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Bulos sobre alimentos: corta la cadena.

A todos nos la pueden colar. Es así.

Por muy habituados que estemos a movernos en internet (e incluso puede que sea tu medio de trabajo, como en mi caso), nadie es totalmente inmune.

Y es que los bulos se van “profesionalizando” y cada vez tienen más apariencia de reales.

Entre eso y que la realidad se empieza a parecer a la ficción, parece que detectar “hoax” es una tarea imposible.

La buena noticia es que, precisamente porque tenemos acceso inmediato a la información, es más fácil que nunca contrastar esa primicia aparentemente tan real pero que tiene algo que te “escama”.

El primer paso es contar hasta diez y aguantar el impulso de reenviársela a todos tus contactos.

A partir de este punto tú tienes el control para empezar a desmontarla.

¿Qué bulos sobre alimentos puedes encontrarte?

No tengo datos.

Pero apostaría sin miedo a perder, que la seguridad y la salud (y más concretamente la alimentación) son los temas estrella de los creadores de noticias sensacionalistas y bulos.

Es fácil intuir el porqué.

En otros asuntos, como la política o economía, el interés puede estar más o menos concentrado en diferentes sectores de población y su recorrido es muy limitado: son fáciles de contrastar y se desmienten en horas (no, Barack Obama no tocó el culo a Melania Trump y Rodríguez Ibarra no deja el PSOE para montar un partido).

Pero en seguridad y salud la diana del bulo es…todo el mundo. Porque son dos temas que afectan directamente nuestra vida.

Y si además la falsa noticia habla de algo tan cotidiano como la alimentación, el cocktail es perfecto.

La receta es muy sencilla.

Solo hay que coger un alimento de consumo habitual (cuanto más común sea en la dieta mejor) y escoger qué queremos hacer con él.

¿Nos apetece que sea la nueva panacea? Le atribuimos propiedades milagrosas, por supuesto apoyadas por estudios científicos sin referenciar. Se puede añadir el nombre de alguna universidad de prestigio.

Total, es gratis.

Y eso sí, hay que explicar que todas estas bondades no se han dado a conocer hasta el momento porque lo ha impedido una conspiración entre las empresas farmacéuticas, los profesionales sanitarios y las administraciones para seguir haciéndose ricos a costa del sufrimiento ajeno.

Generalmente se utiliza el cáncer como enfermedad a batir.

Es lógico, cuantas más personas estén afectadas más sencillo será que el bulo se extienda (en España el cáncer fue la segunda causa de muerte en 2015 según datos del INE y se detectaron más de 240.000 nuevos casos como recoge la Sociedad Española de Oncología Médica).

Uno muy conocido es el del limón (que se extendió por correo electrónico e incluía receta con bicarbonato como alternativa inocua a la quimioterapia). Si además se encuentra con un altavoz que le da credibilidad en forma de Mariló Montero (lo que propició una queja de la Organización Médica Colegial), ya tenemos la tormenta perfecta.

bulos alimentos marilo

A veces el camino es inverso.

Una persona referente (puede ser un “terapeuta”, un periodista o incluso un médico) es embajador (por intereses diversos) de las propiedades curativas de determinado alimento o dieta y esto sirve de base para que se genere y propague una noticia falsa.

(¿Has oído hablar de las “recetas anticáncer” de la médico Odile Fernández? Afortunadamente puedes encontrar la réplica a sus argumentos en artículos como el del científico y divulgador José Manuel López Nicolás -tienes que seguir su blog, es imprescindible-).

Pero, aunque vamos sobrados de falsas noticias sobre alimentos milagrosos, las que triunfan de verdad, las que están en el top ten de los bulos nutricionales, son las que meten miedo.

Podríamos incluso dividirlas en categorías:

1-. Alimentos infectados con peligrosos microorganismos o contaminados con agentes cancerígenos.

Dentro de esta, las frutas infectadas con el VIH (virus del SIDA) tienen entidad propia.

Puedes escoger entre naranjas o plátanos (desmentido entre otros por Miguel Ángel Lurueña, Gominolas de Petróleo). Les acompañan fotos repulsivas de frutas con “sangre” en su interior.

Y sobra decir que son absolutamente falsos (pero efectistas y muy efectivos en su diseminación por las redes sociales).

Estos días también puedes haberte dado de bruces con la alerta sobre las grietas de la sandía, que según el bulo se deben al uso de forclorfenurón “un compuesto cancerígeno”. Pues como ya se encargó de desmentir JMMulet a Verne, ni las grietas se producen por utilizar ese compuesto ni este es cancerígeno.

bulos alimentos sandia
Sandía perfectamente comestible y segura

 

2-. Alimentos peligrosos “per se”.

Otras posibilidad es que te encuentres un what´s app en el que te adviertan de los peligros de un alimento por su propia naturaleza. Por ejemplo, ese en el que te advierten de que la caseína (una proteína presente en la leche de vaca) es un veneno.

3-. Alimentos que producen cáncer.

Es darle la vuelta a la tortilla al argumento del cáncer: en lugar de decir que un alimento puede curarlo, el bulo te dice que un alimento que consumes cada día es la causa de que «cada día haya más tumores».

Y se ignora lógicamente cualquier otro factor que pueda estar implicado en el desarrollo de la enfermedad (como el estilo de vida, el diagnóstico precoz o el envejecimiento).

[Un inciso. Sobre la incidencia de la enfermedad, el propio Instituto Nacional del Cáncer de EEUU -NIH- indica en su página web que “La incidencia también es importante, pero la interpretación de cambios en la incidencia no siempre es sencilla. Por ejemplo, si un nuevo examen de detección detecta muchos cánceres que nunca habrían causado problemas durante la vida de una persona (lo que se llama sobrediagnóstico), la incidencia de cáncer parecería estar en aumento aunque no cambien los índices de mortalidad. Pero un aumento de la incidencia también puede reflejar un incremento real de la enfermedad, como cuando un aumento de la exposición a un factor de riesgo causa más casos de cáncer. En este escenario, el aumento de la incidencia probablemente conduciría a un incremento de la mortalidad por cáncer.”

Es un tema muy complejo -y no soy una voz autorizada- pero en todo caso reducir la incidencia del cáncer a la ingesta de un alimento concreto (o varios) es más que simplista.]

4-. Los tratamientos de la industria alimentaria son peligrosos.

Son los bulos que utilizan precisamente la aprensión de los consumidores hacia la industria alimentaria (recibimos tantos mensajes contradictorios que acabamos creyendo todo/desconfiando de todo) para colar mensajes que no tienen ni pies ni cabeza.

Un caso famosísimo es el de los tetrabricks de leche que “según la leyenda” se someten al tratamiento térmico una y otra vez a medida que van caducando para sacar más beneficio (y que de nuevo Miguel Ángel Lurueña se encarga de desmentir).

bulos alimentos tetra brick leche

Y en esta clasificación también entrarían todas las advertencias que te llegan sobre los aditivos alimentarios que utiliza la industria. Generalmente son en forma de listado de peligrosos aditivos con sus correspondientes números E para que los busques en las etiquetas y los evites a toda costa porque pueden provocar todo tipo de trastornos.

(Por supuesto que, como insisto una y otra vez, la dieta debería basarse en alimentos frescos y poco procesados, pero eso no quiere decir que se estén comercializando productos con aditivos inseguros).

5-. Un alimento específico de una marca concreta es peligroso.

Es la última versión de bulo y es el que ataca directamente a un producto de una empresa. Aunque puede haber otros motivos para que este tipo de noticias se difundan, sería inocente pensar que no hay un interés económico o comercial.

Por ejemplo tenemos el bulo del Actimel, que decía que el organismo se “acostumbra” a depender de este lácteo y deja de producir defensas…Absolutamente falso, por supuesto. Pero hizo que la propia empresa tuviera que desmentirlo.

¿Cómo saber si la información sobre un alimento es un bulo?

Detectar bulos y desmontarlos no es complicado. Eso sí, hay que dedicar un poco de tiempo y estar atento, porque dependiendo del medio por el que nos lleguen pueden ser bastante creíbles.

A veces nos topamos directamente con titulares sensacionalistas en medios de comunicación pero no son propiamente bulos. Se componen de un titular efectista que busca enganchar al lector, pero el desarrollo de la noticia es relativamente acertado, cita fuentes fiables y expone información veraz.

No todas las informaciones polémicas que podemos encontrar en relación con la alimentación tienen el mismo grado de falsedad.

Los bulos generalmente llegan por redes sociales, no tienen el respaldo de un medio de comunicación y se expanden muy rápidamente (precisamente por lo espectacular de lo que presentan). Esta ya es una pista para saber si es veraz.

(Aunque a veces también «se la cuelan» a fuentes más rigurosas que la difunden dándola por cierta.)

Los bulos son muy fáciles de detectar tanto por su forma (faltas de ortografía, tipografía llena de colores, negritas, exclamaciones…) como por su contenido (noticias absolutamente escandalosas avaladas por supuestos investigadores prestigiosos que no existen, abusan de términos científicos inadecuados e insisten en su difusión para proteger a la humanidad en general de tan terrible amenaza).

Y ojo, que como has visto también las hay en positivo (el caso limón milagroso).

bulos alimentos fake

¿Qué les caracteriza?

1-. Se refieren a productos populares y de consumo habitual.  Siempre de marcas conocidas y muchas veces apreciadas por los consumidores, con una imagen consistente.

2-. El mensaje suele ser negativo (los mensajes positivos calan menos).

3-. Citan un organismo o entidad con aparente autoridad: en el mejor de los casos hablan de informes, notas de prensa o estudios más o menos rigurosos y extraen las frases más impactantes sin ponerlas en contexto. En el peor de los casos se lo inventan y ese organismo ni siquiera existe.

4-. Citan testimonios impactantes que nunca pueden comprobarse: «Mary H., profesora de la Universidad de California, sufrió las terribles consecuencias…», ¿te suena?.

¿Cómo puedes desenmascararlo?

Te dejo unos pasos que te pueden ayudar para que no “te la cuelen”:

1-. El medio por el que te llega: parece muy evidente pero es crucial. No es lo mismo que te llegue por what´s app o que sea un tweet de un medio de comunicación. Aunque en estos momentos incluso algunos medios de prestigio pueden caer en la tentación de generar titulares “amarillistas” para captar la atención del lector, todavía hay una distancia importante entre un medio de comunicación riguroso y otro que no lo es.

2-. Lee la noticia: lo sé. Otra evidencia. Pero también es imprescindible. Porque vivimos saturados de información. A todas horas y en todas partes recibimos cientos de mensajes y es imposible pararse a leerlos en profundidad. Leemos el titular de Facebook o los 140 caracteres de Twitter pero no abrimos el contenido. Así que la próxima vez que leas un titular que te llama la atención, clica y léelo entero. Posiblemente verás que el mensaje completo no es exactamente lo que tú habías entendido.

3-. El mensaje es más potente si se refiere a un alimento que esté respaldado por una marca. Si te dicen que un alimento muy conocido puede causar problemas…ponlo en cuarentena y lee bien la noticia.

4-. Cuanto mayor sea el susto, más tienes que sospechar. Si un producto produce una pequeña reacción adversa a un grupo muy limitado de personas probablemente ni siquiera te fijarás en la noticia, pasará totalmente desapercibida. Por eso es importante que genere asombro, temor, que te choque al verlo. ¿Demasiado impactante? Duda.

5-. Busca si cita la fuente, contrasta la credibilidad de esa mención y valora la autoridad de esa fuente.

De dónde salga la noticia es casi casi el quid de la cuestión.

¿Te llega información “respaldada” por una entidad de prestigio? Asegúrate de ese organismo existe. Si no hay enlaces que lleven al origen de la noticia, desconfía (ahora es tan fácil poner hipervínculos que “esconderlos” resulta sospechoso).

Si efectivamente la entidad a la que se refiere existe y es rigurosa, seguramente vendrá enlazado el informe o el origen de esa información. Pínchalo a ver qué dice exactamente, que quizá no se corresponde con lo que la noticia refleja.

¿Y cuáles son las organizaciones con autoridad en alimentación? Las entidades reconocidos internacionalmente (OMS, ONU…), las agencias de seguridad alimentaria de los distintos países y territorios (EFSA, FDA, FSA, AECOSAN…), universidades reconocidas (no vale la Facultad de Medicina Natural de la Universidad de Gotham)…

Si no habla de organismos sino de expertos, “googlea” su nombre (si han descubierto algo tan importante tiene que haber referencias) y valora la información que encuentres.

6-. Tu escepticismo es tu baza. Duda. Sospecha si la primera impresión te impacta. Sospecha si hay términos pseudocientíficos pero son poco concretos (recuerda que está escrito para impresionarte). Sospecha si no aparece en medios de comunicación rigurosos. No te dejes abrumar.

En resumen…

La importancia de estas noticias falsas no está en que se hagan virales durante un tiempo. Porque al final se desmontan rápidamente (con argumentos indiscutibles) y solo quedan los coletazos de algún despistado que sigue difundiéndolas.

El verdadero problema es que crean la duda.

Es la base del “calumnia que algo queda”: es muy fácil que nos creamos al menos una parte del bulo (o que pensemos que tiene que haber algo de verdad) Así que la conclusión que adoptamos es “mejor no consumirlo por si acaso”.

No importa cuales sean los intereses tras el “hoax”: creerlo y difundirlo solo contribuye a la desinformación.

Lo tienes más fácil que nunca para desmontarlo.

 

¿Quieres ver cómo se distorsiona una noticia?

Este post sobre la Nutella (y su supuesta relación con el cáncer) te va a gustar

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¿Qué función tiene el gluten en los alimentos?

Si el gluten provoca problemas a las personas intolerantes, hacer productos sin gluten tendría que ser tan fácil como cambiar de harina.

En lugar de utilizar harina de cereales que contienen gluten (trigo, cebada, centeno y avena-con-matices), sencillamente usándola de otro origen el resultado tendría que ser…¿parecido?.

Ni muchísimo menos.

Precisamente es el gluten el responsable de que la textura del pan o los bizcochos sea tal como la conocemos.

¿Has intentado hacer unas magdalenas con harina de maíz? Entonces ya sabes de lo que te hablo.

Pero, ¿por qué el gluten es tan importante cuando elaboramos una masa?

¿Qué es el gluten?

Hemos oído hablar tanto de él, que explicar a estas alturas qué es exactamente puede parecer el colmo de la reiteración.

Pero verás que es imprescindible conocerlo a fondo para entender por qué tiene un papel tan importante (y tan difícil de sustituir).

Desde el punto de vista de la legislación, para el Códex Alimentarius (puedes descargar la norma aquí) y para el Reglamento 828/2014  (que adopta exactamente la misma definición) el gluten es “una fracción proteínica del trigo, el centeno, la cebada, la avena o sus variedades híbridas y derivados de los mismos, que algunas personas no toleran y que es insoluble en agua así como en solución de cloruro sódico de 0,5 M”.

Es una descripción que sirve para establecer normas sobre la información que deben dar los productos alimentarios sobre su contenido en gluten, tecnológicamente nos dice poco.

Pero ya nos indica ante qué tipo de compuestos nos encontramos: tiene carácter proteico.

El grano de los cereales no es uniforme, está compuesto por varias zonas que se diferencian en su composición.

La parte superficial es el salvado. Tiene varias capas: las más externas forman el pericarpio, a continuación están las cubiertas de la semilla y la epidermis nuclear y la más interna, que rodea toda la semilla, es la capa de aleurona.

Es el 14% del peso del grano.

Está compuesto fundamentalmente por fibra y se retira en el proceso de refinado de la harina (salvo en la elaboración de harinas integrales).

Las vitaminas y minerales del grano se localizan principalmente en el pericarpio (sí, cuando consumes harina refinada estos nutrientes se han perdido).

El germen del grano es el embrión de la semilla, la parte reproductiva de la que nace una planta nueva y supone sólo el 2,5-3,5% del grano. También se retira en el refinado (se mantiene en las harinas integrales).

En el germen se concentran la mayor parte de los lípidos del grano. También contiene proteínas y vitaminas del grupo B.

El endospermo es la parte de la semilla que proporciona los nutrientes para la germinación. Aporta el 82% del peso y es la parte que se emplea para elaborar la harina. Está formado principalmente por almidón, aunque también hay proteínas y una pequeña cantidad de lípidos.

tecnologia del gluten grano
Fuente Harold McGee. La cocina y los alimentos.

Si vemos el grano en su conjunto, el compuesto más abundante es el almidón (entre un 60 y un 68%), seguido de las proteínas (del 7 al 18%), la fibra (entre el 2 y el 2,5%) y los lípidos (de un 1,5 a un 2%).

La harina refinada se obtiene a partir del endospermo exclusivamente y la harina integral incorpora también el salvado y el germen.

En cualquiera de los dos tipos de harina las proteínas no suponen una gran proporción en peso, pero esa pequeña cantidad es la clave para elaborar la masa.

No todas las proteínas del grano son iguales. Para distinguirlas se usa tradicionalmente la clasificación de Osborne, que consiste en diferenciarlas según su solubilidad:

  1. Albúminas: solubles en agua.
  2. Globulinas: insolubles en agua pero solubles en disoluciones salinas diluidas e insolubles en disoluciones a altas concentraciones.
  3. Prolaminas: solubles en alcohol al 70%. Son las responsables de la reacción adversa al gluten. Dependiendo del cereal se denominan gliadinas (trigo), hordeínas (cebada), secalinas (centeno) o aveninas (avena). Son monoméricas (simples, de bajo peso molecular)
  4. Gluteninas: solubles en ácidos o bases diluidas. Son poliméricas (de alto peso molecular, formadas por la unión de monómeros) y pueden tener alto peso molecular o bajo peso molecular.

Actualmente la clasificación divide la fracción prolamina en tres: ricas en azufre, pobres en azufre y de alto peso molecular. Este sistema no se corresponde exactamente con la clasifición en monómeros (prolamina) y polímeros (glutenina).

tecnologia del gluten esquema clasificacion
Fuente Shewry, P.R., A.S.Tatham, J. Forde, M. Kreis and B.J. Miflin. 1986. The classification and nomenclature of wheat gluten proteins: a reassessment. Journal of Cereal Science, 4: 97-106.

Las albúminas y globulinas suponen entre el 15 y el 20% del total de proteínas y tienen función estructural y metabólica.

O lo que es lo mismo, forman parte de la arquitectura del grano o intervienen en reacciones bioquímicas (son enzimas, proteínas asociadas a ácidos nucleicos o glucoproteínas) durante la germinación.

Como has visto previamente, la legislación define el gluten considerando la posibilidad de que desencadene una reacción adversas e incluye las proteínas del trigo, centeno, cebada y avena.

Sin embargo, las propiedades funcionales de estas proteínas son muy distintas dependiendo del cereal y la realidad es que las únicas que consiguen formar una masa elástica, firme y moldeable son las del trigo (gluteninas y gliadinas) y en menor medida las del centeno (gluteninas y secalinas).

Por eso a partir de este punto te hablaré de las propiedades del gluten refiriéndome al del grano de trigo.

Las gliadinas y gluteninas son las responsables de la formación del gluten en el amasado.

Las gliadinas y gluteninas representan entre el 80 y el 85% del total de las proteínas y son las que nos interesan hoy: son las que forman el gluten.

Son proteínas de almacenamiento (reservan aminoácidos para el desarrollo del embrión) y están en el endospermo alrededor de los gránulos de almidón.

Lógicamente su función en el grano no tiene nada que ver con darle textura al pan.

Pero resulta que tienen unas características especiales que hacen que el pan o la bollería sean tal como los conocemos.

Formación del gluten

Cuando hacemos una masa hay tres actores protagonistas: el agua, las proteínas del gluten y el almidón.

Cuando la harina está seca las proteínas permanecen inmóviles y estables. Son moléculas largas y en forma de espiral.

Las gliadinas y gluteninas no son solubles en agua pero sí se adhieren a ella. En el momento que añadimos agua para empezar el amasado estas proteínas cambian de forma y aparecen enlaces entre ellas: arranca la formación del gluten.

Las gluteninas pueden forman enlaces disulfuro (enlaces fuertes y estables) con otras gluteninas y las gliadinas sólo forman enlaces disulfuro internos, estabilizando su propia estructura.

Cuando amasamos, la fuerza despliega la estructura espiral de las proteínas y las alinea. Las gliadinas y gluteninas se van estirando y los enlaces que tenían se van rompiendo. Se crean nuevos enlaces que poco a poco estabilizan las cadenas para ir formando una red.

Al amasar cambiamos la configuración de las proteínas, que se van alargando.

Esta red es el gluten y su estructura será una columna central de gluteninas de alto peso molecular unidas entre sí por puentes disulfuro (enlaces covalentes fuertes). A esta columna se añaden gluteninas de bajo peso molecular por el mismo tipo de enlace.

Las gliadinas son las responsables de la plasticidad del gluten porque se unen a las gluteninas por enlaces no covalentes débiles (puentes de hidrógeno) y permiten que las gluteninas se desplacen unas sobre otras sin establecer enlaces entre sí.

Cuando ejercemos fuerza estirando la masa estamos estirando también la estructura espiral de las proteínas. En el momento que se deja de hacer fuerza, las gluteninas de alto peso molecular se contraen y la masa vuelve a su forma compacta.

Por eso la masa es elástica.

tecnologia del gluten estructura

Este proceso es lo que se conoce como desarrollo del gluten y el resultado es una masa que se puede estirar sin romperse y recupere su forma (ojo con amasar en exceso, el sobreamasado rompe las cadenas del gluten y la masa pierde sus cualidades, se vuelve pegajosa -y es irreversible-).

La elasticidad del gluten, esa capacidad para volver a su forma original, se relaja. Con el paso del tiempo los enlaces débiles que se establecen entre las proteínas se van rompiendo por la tensión física que se genera al hacer la bola de masa.

De esta forma la masa se va haciendo más manejable, que es una característica deseable ya que de otra manera sería muy difícil de trabajar.

Atrapados en esta red estarán el almidón y el agua. Como el almidón es soluble en agua, podemos “extraer” el gluten de la masa lavándola.

En este video puedes ver cómo hacerlo (y te sorprenderá ver lo increíblemente elástico que es el gluten)

tecnologia del gluten video

El almidón es el 70% del peso de la masa. En la cocción del pan, de los bizcochos o de las galletas (o de cualquier otro alimento que se te ocurra y que esté formado por masa) las temperaturas altas y la presencia de agua hacen que el almidón pierda su estructura. Se gelatiniza: los gránulos de almidón absorben agua y se hinchan de forma irreversible.

La esponjosidad de la masa se debe a las burbujas de gas.

Durante el amasado el aire se incorpora a la masa. Posteriormente, estas burbujas crecen y se expanden ayudadas por otras: las que aparecen durante la fermentación alcohólica de los hidratos de carbono con levaduras o por la adición de levaduras químicas (son un ácido y una base que en contacto con el agua reaccionan liberando CO2).

Las burbujas dejan de crecer en el momento que chocan con la pared rígida que forman el almidón y el gluten. El vapor de agua que contienen las burbujas las hace estallar y se forma una red de galerías internas que da la esponjosidad final.

Modificando la estructura del gluten

Ya tenemos la base para preparar innumerables alimentos: todo tipo de pan, pastas, hojaldre, galletas, bizcochos, rosquillas…

Pero está claro que estos productos son completamente distintos entre sí.

Y no es solo una cuestión de sabor, es que la textura de unos y otros no tiene nada que ver.

Aquí entran en escena dos variables importantes: el tipo de harina (¿te suena el concepto “fuerza de la harina”?, ahora lo veremos) y los ingredientes que se le añaden (y que hacen mucho más que dar sabor dulce o salado).

El poder de la fuerza

La fuerza de la harina en realidad es una medida de la energía que soporta la masa de harina antes de romperse (en este artículo de Panarras se explica perfectamente).

Como hemos visto que la elasticidad y plasticidad de la masa dependen de las proteínas del gluten, a mayor porcentaje de proteínas mayor será la fuerza de la harina.

El Real Decreto 677/2016 establece cuatro clases de harina en función de su fuerza:

  1. Gran fuerza: con un mínimo de 14,5% de proteína.
  2. Fuerza: al menos 12,5% de proteína.
  3. Media fuerza: 10,5% de proteína como mínimo.
  4. Panificable: al menos 9% de proteína.

En el amasado, la fuerza de la harina nos dará una red de gluten más o menos desarrollada.

Una harina con más proporción de proteínas producirá un gluten fuerte, capaz de atrapar el agua (hasta el 90% de su peso según su fuerza) y las burbujas de gas del amasado y la fermentación. Así que los productos serán esponjosos. Por eso la harina de fuerza es la ideal para elaborar panes voluminosos, croissants o roscones. Y la de gran fuerza se utiliza para masas que llevan grasas y azúcar como el hojaldre.

La harina con menos fuerza no desarrolla bien la red de gluten. Atrapa poca agua (un 50% de su peso) y gas. Es la que se emplea en alimentos que no necesitan amasado como bizcochos, magdalenas o masa quebrada.

Ahora que ya sabes qué harina es mejor para cada preparación, ¿puedes saber qué tipo de harina compras?

Depende de la voluntad del fabricante.

El Real Decreto 677/2016 indica que se puede incluir la información sobre la calidad panadera de la harina de forma voluntaria.

Muchas veces el envase de harina no especifica la fuerza de la harina (es verdad que es un parámetro que a los consumidores en general no nos da mucha información) pero indica para qué elaboraciones es adecuada: por ejemplo “para fritos y rebozados” o “para repostería”.

Pero, ¿para qué repostería? Porque ya sabes que no toda la repostería necesita la misma fuerza.

La solución es sencilla.

Como el Reglamento 1169/2011 obliga a indicar la información nutricional, puedes saber qué cantidad de proteína contiene y comprar la que mejor se adapte a lo que necesites.

Juguemos con los ingredientes

Los ingredientes que añadimos también van a influir en el desarrollo del gluten (y en la textura de nuestras preparaciones).

¿Qué pasa si añadimos…

1-. Grasa: se debilita la estructura del gluten. Las moléculas de grasa forman enlaces con los bucles de las proteínas del gluten y evitan que las proteínas se unan entre ellas.

2-. Azúcar: igual que la grasa, se une a las proteínas e impide que establezcan enlaces así que la masa se debilita.

3-. Sal: refuerza la estructura del gluten y favorece la absorción de agua. Mejora el volumen del pan.

4-. Agua: su composición también influye. Si es ácida debilita la estructura y si es alcalina la refuerza. Las aguas duras contienen calcio y magnesio que refuerzan las interacciones del gluten y lo hacen más fuerte.

5.- Sustancias oxidantes: liberan azufre y se establecen nuevos enlaces que hacen que el gluten forme cadenas largas y la masa será más elástica.

Así que…

En una operación tan sencilla como amasar estás provocando cambios fundamentales en la estructura molecular para que el pan o la bollería tengan la textura que tanto te gusta.

En otro post te hablaré de los intentos que ha habido para sustituir la harina de trigo por harina de cereales sin gluten (aunque ya podrás intuir que el proceso no es sencillo). Si no se forma el gluten…¿cómo se puede conseguir una masa?

Los resultados han sido variopintos (pero afortunadamente ya hay productos que se aproximan bastante a la estructura de las masas de trigo).

¿Eres de los que disfrutan elaborando masas? ¿Te habías planteado que sustituir la harina de trigo fuese tan complejo? Cuéntamelo en los comentarios.

 

¿Pensando en pasarte a la dieta sin gluten?

Si no eres celiaco te interesa este artículo.

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9 claves para evitar las toxoinfecciones alimentarias este verano

Hoy no voy a destacar precisamente por mi originalidad.

Porque no voy a escribir nada que no se haya escrito ya sobre seguridad alimentaria.

Pero es que no ha dado tiempo ni a sacar el pareo y ya estamos en temporada alta de intoxicaciones alimentarias.

Y eso que a la prensa solo llegan las que se producen en forma de brote y afectan a un número importante de personas, como las que se originan en un establecimiento (en la Feria de Córdoba una albóndigas en mal estado servidas en una caseta afectaron a más de 100 personas) o  porque un lote de alimentos en mal estado llega a muchos consumidores (como el caso del atún contaminado por histamina o el postre de un obrador de Valladolid que se sirvió en cuatro banquetes distintos).

Parece que el riesgo es comer fuera de casa.

No.

Lo que pasa es que si hay un problema con un alimento que se ha servido a muchas personas las consecuencias son más importantes (y según el número de afectados puede haber un problema de salud pública).

Pero el 50% de las intoxicaciones alimentarias se producen en el hogar.

Así que con el termómetro a puntito de dar una alegría a los microorganismos patógenos, es el momento de recordar qué hacemos mal una y otra vez para que cada verano la escena en las salas de urgencias se parezca al día de la marmota.

Errores en los que has caído (y puedes evitar)

A veces las intoxicaciones alimentarias no pueden sortearse. Estoy de acuerdo.

No siempre tenemos el control del estado en que los ingredientes llegan a nosotros así que puede que todo lo que hagamos con ellos, cómo los manipulemos, cocinemos y conservemos, no nos ayude a librarnos de una gastroenteritis.

Y si tenemos la mala suerte de que el origen de la intoxicación sea el plato de un restaurante, poco hemos podido hacer para evitarlo (aunque, como te cuento más abajo, sí hay algunas pautas que nos pueden servir de escudo protector).

Está claro que el riesgo 0 no existe y que por muchas precauciones que pongamos siempre va a haber una posibilidad de contraer una enfermedad a partir de los alimentos.

Pero eso no puede ser excusa para no poner todos los medios que estén en nuestra mano para reducir todo lo posible el riesgo. Cuanto menos juguemos a la ruleta rusa más difícil será que nos toque.

Porque, reconócelo, alguna vez has caído en uno (o varios) de estos errores:

1-. No estás seguro de que alimento sea todavía apto para consumir pero te la juegas porque “como mucho me tocará una gastroenteritis”.

Es decir, minimizas el riesgo.

Nos pasa con las sobras de productos cocinados que se van quedando en el fondo del frigorífico, la leche abierta de la semana pasada o los restos de una conserva que abrimos y que cuidadosamente guardamos en una fiambrera a la espera de darle otro uso.

A veces somos conscientes de que tiene que estar al límite de su caducidad (si es que no la ha pasado ya con creces) pero no de damos importancia.

Aunque una gastroenteritis puede parecer una patología menor, es  muy incapacitante y pueden aparecer complicaciones como deshidratación con consecuencias graves en pacientes sensibles como niños o ancianos.

Pero incluso una vez superado el cuadro clínico, pueden quedar secuelas graves como el síndrome de Reiter (también conocido como artritis reactiva)  tras una infección por Salmonella spp o el síndrome de Guillain-Barré (una enfermedad autoinmune que afecta al sistema nervioso) si el patógeno fue Campilobacter yeyuni.

Y las malas noticias no acaban aquí. Porque aunque asociemos las toxoinfecciones alimentarias a síntomas gastrointestinales, algunos microorganismos o sus toxinas actúan sobre otros órganos y sistemas.

Algunas intoxicaciones alimentarias pueden ser muy graves

Es el caso del Cl. botulinum, una bacteria que produce una toxina que ataca al sistema nervioso: impide la transmisión del estímulo y produce una parálisis que puede llevar a la muerte por parada cardiorrespiratoria (en este post te conté cómo evitarlo).

O de Listeria monocytogenes, que además de síntomas gastrointestinales, si afecta a mujeres embarazadas puede provocar abortos y malformaciones en el feto.

Así que el peligro no se limita a pasar unos cuantos días sin salir del baño amarrado a la botella de suero. Las toxoinfecciones alimentarias pueden ser muy graves.

2-. Crees que puedes consumir un alimento hasta la fecha de consumo preferente…y más allá.

Y es verdad. Con matices.

De hecho una de las medidas que se consideran fundamentales para reducir el desperdicio alimentario es formar a los consumidores para que distingamos la fecha de caducidad y la fecha de consumo preferente.

(En este post te conté que la fecha de caducidad se aplica a los alimentos perecederos -es la fecha a partir de la cual se considera que el producto ya no es seguro-, mientras que la fecha de consumo preferente se relaciona con la calidad del alimento -puede perder propiedades organolépticas pero seguirá siendo un alimento seguro para el consumo incluso superada esa fecha).

En el caso de los alimentos que se hayan esterilizado (como la leche UHT o las conservas de cualquier tipo -pescado, legumbres…-), la fecha de consumo preferente se mantiene siempre que el producto esté en su envase original.

Estos productos son seguros durante mucho tiempo y se pueden almacenar a temperatura ambiente. No se van a alterar ni van a ser un problema para la salud…mientras están envasados.

Cuando se abre el envase de un alimento esterilizado se transforma en perecedero.

Una vez que se abre el envase se pierde la esterilidad, los microorganismos alterantes y patógenos que hay en el ambiente lo contaminarán y empezarán multiplicarse. Los productos se transforman en alimentos perecederos.

toxoinfecciones alimentarias lata conserva

Si el alimento abierto se conserva a temperaturas de refrigeración y lo consumes en un plazo breve no habrá ningún problema de seguridad. (Por eso en muchos casos se indica en el envase que “una vez abierto conservar en el frigorífico y consumir en X días”).

En un alimento esterilizado, la fecha de consumo preferente, por amplia que sea, siempre se aplica mientras el alimento permanece en el envase. Una vez que se abre se comportará igual que cualquier otro producto perecedero.

(Seguro que no te comerías unos mejillones al vapor que hayan estado 15 días en el frigo. Pues con los que te han sobrado de una lata pasará lo mismo).

3-. Mantienes los alimentos a temperatura ambiente.

Puede ser porque los acabas de cocinar y los dejas enfriándose en el tupper antes de meterlos en el frigo.

O porque los sacas del congelador y claro, con las temperaturas veraniegas se descongelarán mucho antes sobre la encimera.

No importa. En los dos casos te la estás jugando.

Porque estás dejando que el alimento pase horas en un rango de temperaturas en la que los microorganismos patógenos se multiplican con toda la facilidad del mundo: entre 5ºC y 60ºC.

Si algún microorganismo sobrevivió al cocinado tendrá tiempo para crecer mientras la comida se enfría y puede alcanzar un número suficiente como para producir un problema de salud (da igual que luego lo metas en el frigo, la temperatura de refrigeración no destruye los microorganismos, solo hace que crezcan más lentamente).

Igual pasa con el producto congelado, los microorganismos que había inicialmente en el alimento no se destruyen con la congelación, sólo detienen su crecimiento. Toda la noche en la encimera hace que el alimento alcance una temperatura superior a 5ºC en la que pueden volver a crecer.

La clave: enfriar rápidamente los alimentos recién cocinados (aquí puedes ver cómo hacerlo) y descongelar siempre en el frigorífico o en el microondas.

Y no dejarlo nunca a temperatura ambiente más de dos horas.

4-. Te fías de tus sentidos para decidir si un alimento se puede comer o no.

Siguen las malas noticias.

Porque los microorganismos que producen enfermedades graves pueden estar en los alimentos o pueden haber dejado sus toxinas, pero no hay ninguna manera de detectarlos.

No producen ninguna alteración: ni colores extraños, ni olores desagradables ni sabores peculiares. Ni tampoco alteran los envases.

toxoinfecciones alimentarias alimento estropeado

Nada de nada. Sería demasiado fácil (está claro que no vas a comer un alimento que huela mal).

Es lo que sucede con Salmonella spp. o con Cl. botulinum.

Que un alimento no esté alterado no garantiza que sea inocuo.

Así que no, no te fíes de tu nariz detectivesca para desechar un alimento.

Si está alterado no lo consumas. Pero si no lo está no es una garantía de inocuidad.

5-. Por contaminación cruzada y sin enterarte vas diseminando  microorganismos alegremente por toda la cocina de un utensilio a otro …

La clave está en que lo haces sin enterarte.

Pero es muy frecuente que suceda cuando manipulas sin orden alimentos crudos que pueden estar contaminados con microorganismos (carnes, pescados, huevos,…).

Estos microorganismos no supondrían un problema porque se destruirán al cocinar el producto.

Pero si utilizas los mismos utensilios (pinzas, tenedores, cuchillos, tablas…) para manipular los alimentos crudos y los cocinados harás que los microorganismos pasen de unos a otros.

Y si los alimentos cocinados no se vuelven a calentar irán directos a tu boca con todos los microorganismos que han ido recopilando.

(Es el típico caso de tabla de cortar en la que despiezas un pollo y después cortas el melón, o el cuchillo con el que limpias el pescado crudo y luego cortas el pescado cocinado).

La solución es sencilla: lavar los utensilios después de cada uso y manipular los alimentos crudos y cocinados en distintos momentos.

6-….o a través de los trapos, bayetas y estropajos, que son lo último en lo que te fijas al limpiar.

Y además limpias todas las superficies con ellos, incluyendo las manos cuando estás manipulando alimentos (tanto crudos como cocinados).

Es raro que tengas una bayeta para limpiar superficies donde hayas tratado alimentos crudos, otra para aclarar los productos de limpieza, una tercera para absorber el agua que salpica del fregadero y hasta una cuarta para limpiar los fuegos.

No.

Nos pasa a todos.

Tenemos una para todas las superficies de la cocina (y gracias que usamos una de otro color para el suelo…).

Y lo mismo sucede con los trapos de cocina. Y los estropajos.

Pero sí que hay unas medidas de higiene básicas que podemos aplicar: desinfectar las bayetas y estropajos a diario, usar papel de cocina en lugar de trapos si manipulamos alimentos crudos, tener un trapo específico para secarse las manos (que no sirva también para limpiarnos mientras manipulamos alimentos…).

(Esta investigación sobre las bacterias en los trapos que se llevó a cabo en Reino Unido puede acabar por convencerte).

7-. Lavas la carne.

Si, resulta que lo que creías que era precisamente una práctica higiénica es un riesgo en la cocina.

La superficie de la carne cruda tiene una gran cantidad de microorganismos. Al lavar las piezas, las salpicaduras pueden hacer que estos microorganismos se esparzan por las superficies de la cocina y alcancen otros alimentos, utensilios y por supuesto las propias manos.

toxoinfecciones alimentarias pollo

La contaminación cruzada se encarga del resto.

Por eso organismos como el USDA en EEUU o la Food Standards Agency de Reino Unido recomiendan no lavar la carne.

La mejor manera de asegurarse de que la carne no producirá una toxoinfección alimentaria es cocinarla hasta que el centro del alimento alcance los 65ºC.

8-. Compras alimentos en canales que no ofrecen garantías…

Afortunadamente en nuestro país podemos decir que tenemos garantizado el acceso a alimentos seguros.

Alimentos que no nos producirán ningún problema de salud porque cuentan con todas las garantías sanitarias.

Pero parece que lo damos por hecho y se nos olvida que no hace tantos años no contábamos con este nivel de seguridad (¿te has olvidado de la crisis del aceite de colza desnaturalizado con anilina? ¿y de la de las vacas locas?).

Así que acudir a vías de distribución de alimentos alternativas a las convencionales (y que por lo tanto no están sometidas a controles oficiales) es arriesgado, especialmente si se adquieren alimentos como setas, leche cruda o carne de caza.

Las ventajas (¿alimentos más “naturales”?, ¿mejor sabor?, ¿apoyo a productores locales?) y los riesgos están muy descompensados.

Potenciar el consumo de alimentos de proximidad, la compra directa al productor y ser conscientes del efecto que tienen nuestras elecciones alimentarias me parece la clave para potenciar el desarrollo local (ya he manifestado miles de veces que es una de mis obsesiones)..

Pero debe hacerse con garantías.

9-. Comes cualquier cosa en cualquier sitio.

Es la recomendación más obvia. Pero tenía que incluirla.

Porque en verano nos relajamos en todo. Nos tomamos la vida con más calma. Es así.

Y además pasamos más tiempo al aire libre, hacemos más comidas fuera de casa y parece que los rayos de sol barren nuestros sistemas de alerta.

Está genial comer en un chiringuito en la playa y picar algo en las casetas de las fiestas.

Pero las normas de higiene alimentaria se tienen que mantener también en esos establecimientos. Incluso si hablamos de puestos de comida ambulante tienen que estar autorizados y garantizar la calidad higiénica de los alimentos.

Ante la mínima sospecha de que no lo cumplen no te arriesgues. Por mucho que te apetezca ese pincho de tortilla.

Así que…

toxoinfecciones alimentarias infografia

Miles de gracias a ACECALE (Asociación de Celíacos de Castilla y León) por elaborar esta genial infografía recogiendo las recomendaciones de este post.

Las recomendaciones son muy básicas, pero es que la mayoría de las toxoinfecciones alimentarias pueden evitarse aplicando buenas prácticas de higiene.

Para que disfrutes del buen tiempo y de la buena cocina sin salir en las noticias.

 

¿Has echado de menos las normas para manipular los huevos?

¡Es que merecían un post entero!

Aquí te lo cuento todo

Bifrutas Kids Zero: un alimento para niños nutritivo…sin nutrientes

Si mezclamos «alimentos para niños», «ingrediente demonizado» y «publicidad» tenemos una receta explosiva.

Y si lo aderezamos con un bombardeo de mensajes («si tiene vitaminas es nutritivo», «el zumo sustituye a la fruta», «la leche es imprescindible para los niños»…) y una pizca de inseguridad («¿estaré alimentando bien a mi hij@?»), la reacción está garantizada.

Los padres buscarán los alimentos que cubran (o que digan que cubren) las necesidades de nutrientes de los niños.

El problema es que nos centramos solo en ingredientes o nutrientes individuales: «no tiene azúcar=saludable».

Pero los alimentos y la nutrición son más que la suma de componentes. Y  podemos dar por saludables algunos productos solo porque contienen o no contienen un ingrediente concreto.

El consumo de azúcar es un problema.

Pero si un alimento no lo contiene, no quiere decir que sea adecuado.

Aunque como estrategia promocional está bien pensado porque, ¿a qué “sin azúcares añadidos” suena muy bien?

¿Por qué nos preocupa tanto el azúcar?

Cada vez lo tenemos más claro: los azúcares libres nos preocupan y tenemos que limitar su consumo.

La OMS recomienda limitar la ingesta a un 5% del valor calórico total de la dieta tanto para adultos como para niños. Es decir, que si tienes una dieta de 2000 kilocalorías, sólo 100 kilocalorías deberían proceder de los azúcares libres. O lo que es lo mismo, como mucho 25 gramos de azúcares libres al día.

No hace falta que te diga que esos 25g no son sólo el azúcar que te echas a cucharadas en el café. Claro que ese azúcar influye, pero supone poco más del 17% de todo el que consumimos.

¿De dónde sale el resto? De los alimentos procesados, principalmente de las bebidas azucaradas (22,5%), la bollería (15,2%), los productos lácteos (12,45%) o el chocolate (11,4%).

En el caso de los niños y los adolescentes este consumo preocupa todavía más.

Porque ese aumento de peso en los niños les hará propensos a tener sobrepeso u obesidad de adultos, y como recoge la OMS, tendrán más riesgo de desarrollar otras enfermedades asociadas (diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular, hipertensión arterial, artritis,…).

Y además de los problemas relacionados con el peso corporal, la postura científica más reciente de la Asociación Americana del Corazón indica que hay “una fuerte evidencia que apoya la asociación del consumo de azúcares añadidos con un aumento del riesgo de enfermedad cardiovascular en niños a través de un incremento de ingesta energética, un incremento de la adiposidad y dislipidemia”.

También concluye que “es razonable recomendar que los niños consuman menos de 25g/día de azúcares añadidos y evitar el consumo de azúcares añadidos en niños menores de 2 años”.

Y la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria ha anunciado que en 2020 hará una recomendación científica sobre el consumo de azúcares añadidos y pretende establecer qué cantidad diaria que puede consumirse sin que se presenten efectos adversos sobre la salud.

No te cuento nada nuevo.

Y por supuesto están de actualidad las bebidas azucaradas.

Porque a raíz de la recomendación de la OMS para que se apliquen medidas fiscales sobre estos productos, en España se ha desatado un cruce de anuncios, medidas y contramedidas de la Administración, además de la preocupación de los productores de azúcar y el contraataque de la industria.

Pero, como bien hemos aprendido en los años de “recesión” económica, una crisis no es una crisis, es una oportunidad(modo irónico on).

Si el azúcar (ya sea como sacarosa o como jarabe de maíz de alta fructosa, glucosa, maltosa, dextrosa o la contenida en miel, zumos, jarabes, siropes…) tiene mala fama y los consumidores estamos preocupados (y cada vez más “adiestrados” para encontrarla en el etiquetado), quitamos el azúcar de un producto y este se convierte automáticamente en saludable, ¿no?.

Ya sabes la respuesta. NO.

¿Qué dice la legislación sobre los alimentos destinados a niños?

Pues lo primero que debes saber es que no hay una legislación específica para los alimentos destinados a niños mayores de 3 años.

Ni tampoco hay ninguna descripción de estos alimentos.

Sí que hay normativa en relación con los alimentos destinados a lactantes (niños menores de 12 meses) y niños de corta edad (de entre uno y tres años).

El Real Decreto 867/2008, el Reglamento 609/2013 y el Reglamento Delegado 2016/127 establecen normas sobre el etiquetado y la composición de alimentos para lactantes y preparados de continuación.

Regula aspectos muy concreto sobre la composición de estos productos y prohíbe que se hagan alegaciones de propiedades saludables.

En cuanto a los alimentos para niños de corta edad, el Real Decreto 490/1998 sigue vigente y establece normas de composición de estos alimentos y el Reglamento 609/2013 prevé que se desarrolle nueva normativa para regular la composición y la información que deben incluir en el etiquetado o la publicidad.

(En esta página de AECOSAN tienes toda la información)

Pero los alimentos que no sean específicos de estos grupos de edad (de 0 a 3 años) no son una categoría especial de alimentos y se regulan igual que todos los demás, aunque estén claramente dirigidos a niños.

Entonces, ¿estos alimentos no deben cumplir ninguna norma especial?

Está claro que los niños son consumidores con unas características especiales.

Están en una fase de desarrollo vital, un déficit de nutrientes puede tener repercusiones a largo plazo y es el momento en el que pueden adquirir hábitos de vida saludables.

Y también son los consumidores más influenciables.

Sus elecciones alimentarias no se basan en el perfil nutricional de los alimentos y muchas veces ni siquiera en sus gustos personales por un producto u otro, sino en la información que les llegue a través de la publicidad.

La Ley 17/2011 de seguridad alimentaria y nutrición establece una serie de normas sobre la publicidad dirigida a menores de 15 años.

En ella, se declaran los centros escolares como espacios libres de publicidad y se prevé que las autoridades establezcan acuerdos de autorregulación con la industria y los medios de comunicación para regular la publicidad de estos alimentos y prevenir la obesidad.

Desde 2005 está vigente en España el código PAOS (se renovó y amplió en 2012), por el que la industria alimentaria y los medios de comunicación se comprometen a respetar unas normas en la publicidad de los alimentos destinados a menores de 12 años en los medios audiovisuales e impresos, y a menores de hasta 15 años en internet.

(Si te interesa la publicidad de los alimentos destinados a niños te recomiendo este post de Miguel A. Lurueña, completísimo y lleno de ejemplos de cómo se vulnera el código una y otra vez).

¿Ha servido para algo? Pues como puedes leer en el post de Gominolas de Petróleo o en este artículo, el resultado no es positivo.

Sin azúcar añadido no equivale a nutritivo ni a saludable.

Con todo lo que te he contado, parece que una bebida sin azúcar añadido que además está destinada a niños no puede tener inconvenientes.

Las tiene.

Hay más ejemplos, pero hoy le ha tocado a Bifrutas Kids de Pascual.

Para empezar, te dejo que veas los anuncios.

Este está dirigido a los padres.

bifrutas-anuncio1

Y este otro dirigido a los niños:

bifrutas-anuncio2

El problema está en los valores nutricionales del alimento. Pero también en la forma de promocionarlo y el público al que se dirige.

En realidad no es un producto nuevo, sino que Pascual ha cambiado el nombre de las bebidas que ya tenía: al formato Bifrutas de 200ml le ha puesto el “Kids” e incluye imágenes de los dibujos “La Patrulla Canina” en los envases para dirigirlo específicamente a niños.

En la nota de prensa del lanzamiento, hace sólo unos meses, se presenta como un producto “nutritivo y divertido, ideal para la merienda” y se “adapta a la perfección a los gustos y necesidades de los niños como snack sano, gracias a la mezcla de zumo y leche y al aporte de vitaminas. Además, las variedades Zero son sin grasas ni azúcares añadidos.”

Bien. Un producto con leche y zumo y que además tiene una versión sin grasas ni azúcares. Efectivamente parece que es saludable y nutritivo (hasta que leemos la letra pequeña, es decir, la etiqueta).

Y además con los dibujos que les encantan a los niños porque, según la nota de prensa, “la Patrulla Canina, además de ser un referente entre los más pequeños, encarna valores que para nosotros son muy importantes, como la amistad, el compromiso y la generosidad. Esto hace de esta unión la alianza perfecta”.

Con el código PAOS hemos topado.

Porque indica literalmente que “la publicidad de alimentos o bebidas dirigida a menores de hasta 12 años en ningún caso explotará la especial confianza de estos niños, en sus padres, en profesores, o en otras personas, tales como profesionales de programas infantiles, o personajes (reales o ficticios) de películas o series de ficción” y “la publicidad de los productos alimenticios licenciados se regirá por estas mismas normas. A estos efectos, se entiende por productos alimenticios licenciados aquéllos que incorporan en su denominación comercial el nombre de personajes reales o de ficción que aparezcan en películas, series o espacios infantiles”. Exacto, la Patrulla Canina corresponde a esta descripción.

Y el código concreta que “En la publicidad de alimentos o bebidas dirigida a menores de hasta 12 años no participarán ni aparecerán personajes especialmente próximos a este público, tales como, por ejemplo, presentadores de programas infantiles, personajes –reales o ficticios– de películas o series de ficción, u otros” y que ”se podrán mostrar imágenes que reproduzcan escenas de un determinado programa infantil, película o serie si esta guarda relación directa con alguna promoción que se esté llevando a cabo” pero que “durante la reproducción de tales escenas no se podrá realizar alusión alguna, directa o indirecta, al producto promocionado ni podrá aparecer éste en pantalla.”

El código PAOS prohíbe expresamente que se utilicen personajes de ficción en la publicidad de alimentos dirigidos a niñ@s para evitar influirles y explotar su confianza.

¿Se incumple el código PAOS? Estrictamente puede que no. Pero que los dibujos de la Patrulla Canina influyen en la elección de los niños (y  por lo tanto, va en contra del espíritu de este código) es innegable.

Pero esto atañe sólo a la publicidad y es un código de autorregulación que, aunque prevé sanciones, no tienen demasiados efectos (como te cuenta Miguel A. Lurueña).

¿Qué pasa con los valores nutricionales del producto?

Pues que todavía hay más pegas.

Es una mezcla de zumo y leche pero no caigas en el error de atribuirle las cualidades que tengas asociadas a estos dos alimentos, porque la cantidad de estos es mínima.

(Y esa es otra, que tenemos relacionado el zumo a alimento saludable equivalente a la fruta. No lo es. La última que se ha pronunciado es la Asociación Americana de Pediatría, que indica que no es adecuado para niños menores de 1 año. También nutricionistas como Julio Basulto llevan años intentando sacarnos del error.)

Pero volviendo a Bifrutas Kids, quizá si te digo que pertenece a la categoría de bebidas refrescantes es suficiente para que cambies de idea.

Se clasifica como bebida refrescante mixta porque está formada por una bebida refrescante (el agua, el zumo de frutas…) y otros alimentos (la leche).

No es zumo y no es leche.

Bifrutas Kids no es zumo ni es leche. Es un refresco.

Vamos a profundizar un poco más.

En la página de Bifrutas, puedes ver que hay 4 versiones de Bifrutas Kids.

Una versión “normal”, el Kids tropical. Y 3 versiones Zero: tropical, fresa y plátano y mediterráneo, con 0% materia grasa y sin azúcares añadidos.

Sin azúcares y sin nutrientes. Casi.

Mira los ingredientes y valores nutricionales por 100ml de la versión normal, el Kids Tropical:

Ingredientes: agua, leche desnatada (10%), zumo de frutas 7% (piña y mango a partir de concentrado), azúcar, estabilizante (pectina), aroma, acidulante (ácido cítrico), vitaminas A, C y E, edulcorante (sucralosa) y colorante (E-160 a i).

Y sus valores nutricionales:

Información Nutricional Cantidad
Valor energético 91 kJ Fibra alimentaria 0,5 g
21 Kcal Proteínas 0,3 g
Grasas 0 g Sal 0,03 g
– De las cuales saturadas 0 g Vitamina A 120 µg
Hidratos de carbono 4,8 g Vitamina E 1,8 mg
– De los cuales azúcares 4,8 g Vitamina C 12 mg

Y estos son los ingredientes y valores nutricionales por cada 100ml del Kids Tropical en su versión Zero:

Ingredientes: agua, leche desnatada (10%), zumo de frutas 7% (piña y mango a partir de concentrado), polidextrosa, estabilizante (pectina), acidulante (ácido cítrico), vitaminas C, E y A, aroma, edulcorante (sucralosa) y colorante (E-160 a i).

Y valores nutricionales:

Información Nutricional Cantidad
Valor energético 42 kJ Fibra alimentaria 0,8 g
10 kcal Proteínas 0,3 g
Grasas 0 g Sal 0,03 g
– De las cuales saturadas 0 g Vitamina A 120 µg
Hidratos de carbono 1,8 g Vitamina E 1,8 mg
– De los cuales azúcares 1,8 g Vitamina C 12 mg

¿Puedes descubrir las diferencias? Sí, la composición es exactamente igual a excepción de que el normal contiene azúcar y la versión Zero no.

Era previsible.

Pero lo que llama más la atención es el primer ingrediente que contiene. Porque dado que se promociona como “un snack sano gracias a la mezcla de zumo y leche“ podríamos pensar que estos van a ser sus ingredientes mayoritarios.

Pero no.

Contiene un 10% de leche desnatada y un 7% de zumo procedente de concentrado. El 83% restante es básicamente agua.

Y en el caso de la versión normal, agua y azúcar.

Por eso, el único macronutriente destacable en la versión normal es el azúcar, con 4,8g, que supone 19kcal de las 21kcal que aportan 100ml de bebida.

Para ser justa, no todo el azúcar (los 4,8g) es azúcar añadido. Más o menos 1 gramo proviene de la lactosa de la leche y de los azúcares libres del zumo.

El resto sí. El resto es azúcar añadido.

Un niño que se beba un solo envase de 200ml ya habrá consumido casi el 40% de la cantidad máxima para todo el día establecida por la OMS en 25g.

Un envase de 200ml contiene el 40% de la cantidad máxima diaria de azúcar recomendada por la OMS

Las proteínas, que proceden de ese 10% de leche, contribuyen con 1,2kcal.

¿Y no aporta fibra? Sí, 1,6 gramo por cada envase. Más o menos un 5% de lo que se considera una ingesta diaria adecuada (entre los 9 y los 13 años es de 31g para niños y de 26g para niñas).

Tampoco su contenido en fibra lo transforma en un alimento adecuado.

En cuanto a las vitaminas, vemos que tenemos vitaminas A, E y C. Y nos pasa lo mismo que con el azúcar. Que la mayor parte no proceden la leche o el zumo (sería difícil con el porcentaje tan bajo que estos ingredientes suponen).

Las vitaminas de Bifrutas Kids se han añadido, la mayoría no proceden del zumo ni de la leche.

Las vitaminas se añaden como ingredientes. Y su cantidad no es casual.

Todas las vitaminas cubren exactamente el 15% de los valores de referencia de nutrientes (VRN) que indica el Reglamento 1169/2011.

¿Por qué es importante que contengan exactamente un 15% de los VRN?

Tiene que ver con la posibilidad de hacer alegaciones nutricionales y decir, por ejemplo, que el alimento contiene vitaminas.

El Reglamento 1924/2006 establece que solo se puede indicar que un alimento es “fuente de vitaminas” si contiene al menos una cantidad significativa.

Cada vitamina tiene un valor de referencia de nutrientes, una cantidad recomendada para consumir a diario (por ejemplo, 12mg de vitamina E).

La «cantidad significativa» de cada vitamina y mineral es el 15% de los valores de referencia de nutrientes (VRN) los alimentos en general y el 7,5% de los VRN para las bebidas.

(Se establecía en la Directiva 496/1990, pero ya está derogada y ahora se regula por el Reglamento 1169/2011)

Como estas bebidas contienen el doble de vitaminas de lo exigido, podría incluso indicar “Alto contenido en Vitaminas A, E y C” y no solo “contiene”.

¿Por qué, puestos a hacer alegaciones nutricionales, no indica “alto contenido en vitaminas pudiendo hacerlo legalmente? Es un misterio.

[Quizá se arrastra de antes de 2014 (fecha en la que entró en vigor el Reglamento 1169) cuando estaba en vigor la Directiva y exigía un 15% para todos los alimentos, sin distinguir bebidas.

¿Veremos en las próximas campañas que el Bifrutas Kids tiene “Alto contenido en Vitaminas A, E y C?.]

Pero vamos a ver cómo influye en la dieta de su público objetivo, los niños.

Porque los requerimientos no son los mismos que los de los adultos. Por ejemplo, para un niño de 9 años, 120μg de vitamina A, 1,8mg de vitamina E y 12mg de vitamina C cubren el 26% de las IDR (ingestas dietéticas de referencia establecidas por la FESNAD).

No está mal.

Pero son tres vitaminas no deficitarias en la población española, que se pueden obtener perfectamente en una dieta equilibrada, con frutas, verduras, pescado, aceite de oliva…Sin necesidad de alimentos enriquecidos.

Si en la versión normal los únicos nutrientes que vas a encontrar en cantidades relevantes son las vitaminas y el azúcar (precisamente el nutriente del que la versión Zero presume de carecer), el caso de la versión Zero es todavía más llamativo.

Porque también se incluye en esta publicidad como un alimento nutritivo, ideal para la merienda de los niños…y los únicos nutrientes que aporta son las mismas vitaminas que en el caso anterior y una cantidad mínima de azúcares (1,8g) que proceden de la leche y del zumo (no son azúcares añadidos) y que se traduce en que el valor energético no llega a las 10kcal.

Recapitulando…

  • Es un producto dirigido específicamente a niños.
  • Que se publicita como saludable y nutritivo.
  • Y que los únicos nutrientes que aporta son:
    • azúcar en su versión normal (con todo lo que hemos visto sobre las recomendaciones para reducirlo)
    • vitaminas añadidas (y no deficitarias en la población española) en su versión normal y zero.

Volviendo al vídeo de la campaña, no es casualidad que se incluya este fotograma en el que los nutrientes caen cual cascada llenando el vaso.

bifrutas-nutrientes

Y todos esos nutrientes (que en dos segundos de vídeo no te da tiempo a identificar pero que parecen montones) son las vitaminas con las que se ha enriquecido la bebida.

Para rematar, un detalle curioso. Si te fijas en la letra pequeña puedes leer que “la vitamina C ayuda a disminuir el cansancio y la fatiga”. Una alegación de propiedades saludables que no tiene mucho sentido porque no se repite en el etiquetado ni se menciona claramente en el anuncio.

Vamos, que no se le da demasiado bombo y parece que está ahí por si acaso alguien se para a leerla.

Hay una cosa muy clara: el mensaje de alimento sano no va dirigido a los niños (aunque sean ellos los que lo van a consumir).

Va dirigido a los padres, que son los encargados de tomar la decisión sobre los alimentos que compran y que dan a los niños.

Y, por si te lo estás preguntando, la legislación no prevé que un alimento tenga que cumplir con determinadas condiciones para decir que es “nutritivo” o “saludable”.

Pero el Reglamento 1169/2011 sí dice que la información alimentaria que se dé al consumidor (incluida la que aparezca en la publicidad) no debe inducir a error. ¿Inducen estos anuncios a error? Depende de lo que cada persona considere que es nutritivo y sano.

Entonces la pregunta sería, ¿de verdad esto es lo que los adultos, como responsables de la alimentación de los niños, entendemos por alimento nutritivo y saludable?

Para mí la respuesta está clara: No. Esta bebida no es lo que yo entiendo por alimento saludable.

Así que…

Es un trabajo extra. Andamos a carreras. Nos lo queremos quitar de en medio cuanto antes…

Pero hacer la compra con tiempo para leer el etiquetado con ojos críticos es la única manera de hacer elecciones informadas y adecuadas.

¿Quieres un producto saludable para los niños? No te quedes con el mensaje del anuncio ni con las menciones destacadas en el envase. Lee la letra pequeña.

Toda la información que necesitas está en la etiqueta…pero es la que menos destaca.

Y no olvides que los alimentos verdaderamente saludables (para los niños y para ti) no llevan etiqueta. ¿O has visto alguna vez una coliflor con alegaciones nutricionales?

 

¿Quieres ver cómo se utilizan las propiedades saludables en la publicidad de otros alimentos?

Este artículo te va a encantar.

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La olla de cocción lenta: mucho más que alargar el tiempo de cocinado

Desconcierto.

Esa es la mejor definición de lo que sentí en mi primer contacto con la cocción a baja temperatura.

Porque cuando hace años un amigo de la familia nos recomendó aprovechar el calor residual del horno de barro para cocinar durante toda la noche un guiso de legumbres, me pareció una excentricidad.

Una mezcla de locura vintage, inviabilidad tecnológica y riesgo sanitario.

Pero está claro que como visionaria no me ganaría la vida.

Porque fue precisamente esta costumbre la que inspiró a Irving Naxon para inventar la primera olla de cocción lenta (como te cuenta Marta Miranda en su completísimo blog dedicado a este equipo de cocina).

Una vez superada mi incredulidad, me asaltaron todo tipo de preguntas porque… ¿para qué querría alguien estar cocinando un plato durante 12 horas?

Si tú te preguntas lo mismo, es el momento de seguir leyendo.

¿Cómo funciona una olla de cocción lenta?

La olla de cocción lenta (encontrarás que también se le llama slow cooker o crock pot -por la marca que empezó a comercializarla en EEUU en los años 70-) imita las condiciones que se dan en este tipo de hornos para poder reproducir ese cocinado de forma controlada.

Está formada por una carcasa metálica externa (que se enchufa a la corriente eléctrica y se calienta mediante  resistencia), y un depósito interno extraíble que tiene tapa.

Las resistencias transmiten el calor al depósito interno y la temperatura de cocción siempre se mantiene por debajo de 100ºC.

Una característica fundamental es que esa temperatura de cocción deseada se alcanza de forma lenta y uniforme y el alimento se mantiene a esa Tª durante periodos de tiempo muy largos (de ahí lo de “cocción lenta”).

olla de coccion lenta alimento

De hecho, algunas preparaciones exigen multiplicar por cuatro el tiempo normal de cocinado. Y eso supone que para conseguir un plato en su punto la cocción puede prolongarse hasta 12 horas.

Lo que nos lleva de nuevo a la primera pregunta, ¿qué interés puedes tener en que un plato tarde 12 horas en estar listo?

La cocción a baja temperatura: la clave de la olla de cocción lenta.

La slow cooker no es el único equipo que permite cocinar a baja temperatura.

De hecho, en este principio se basan otras técnicas de cocción como el cocinado al vacío o sous-vide (que requiere envasar los alimentos previamente), la tecnología de vapor controlado (CVap) o la cocción en un líquido (que puede ser agua, aceite, salmuera) que se calienta con un circulador por inmersión.

olla de coccion lenta SOUSVIDE

La olla de cocción lenta, la cocción al vacío o la cocción con un circulador por inmersión son técnicas basadas en la cocción a baja temperatura.

Y la olla de cocción lenta tiene seguidores realmente apasionados que alaban las numerosas ventajas de este equipo: los platos están más sabrosos, gasta muy poca energía y puedes dejarla cocinando solita.

Vale, la técnica se basa en la cocina tradicional y nos recuerda a los platos que preparaban nuestras abuelas. Y la nostalgia puede hacer que rememoremos esos momentos y que el alimento sea más sabroso por pura asociación.

Pero el caso es que la textura, el sabor y el aroma de los alimentos cocinados a baja temperatura son distintos de los que se obtienen a temperaturas convencionales.

Objetivamente distintos.

Y que tiene que haber una razón científica que lo explique.

El secreto está en el propio concepto de “cocción a baja temperatura”.

Porque la baja temperatura se refiere a la temperatura del medio de cocción, no a la temperatura final que alcanza el alimento.

La «baja temperatura» se refiere a la del medio de cocción, no a la del alimento.

El centro del alimento tendrá la misma temperatura que en una cocción convencional.

Y el quid está en que la diferencia de temperaturas entre el alimento y el medio en el que se cocina es mínima: la temperatura del medio de cocción será la misma que queremos tener en el centro del alimento y lo más parecida al punto óptimo de cocción.

Lo que es clave para una cualidad deseable en muchos alimentos: la uniformidad de la cocción.

Te pongo un ejemplo para que lo veas claro (e incluso puedes hacer la prueba si tienes un termómetro con sonda): en una cocción tradicional calientas el horno hasta 200ºC y mantienes la carne 1 hora. Si mides la temperatura del centro de la carne al cabo de ese tiempo verás que probablemente estará por debajo de 70ºC.

La diferencia de la temperatura del aire (200ºC) y la del centro del alimento (70ºC) es enorme.

En la cocción a baja temperatura esta diferencia de temperaturas entre el medio y el alimento es mínima.

Pero además, en las piezas grandes la temperatura de la superficie del alimento es muy distinta de la que alcanza el punto central y esto tiene efectos sobre las características del alimento.

Si cortas una pieza de carne verás que la cocción no es homogénea, sino que irá de “muy hecha” en la parte más superficial de la carne, a “en su punto” en la zona media y “poco hecha” en el centro.

olla de coccion lenta carne

¿Qué puedes hacer para que la parte interna del alimento quede en su punto? Mantenerla más tiempo a esa temperatura, provocando que la parte superficial quede reseca y pasada.

Con la cocción a baja temperatura consigues que toda la pieza mantenga las mismas características porque tanto la superficie en contacto con el medio como el mismo centro de la pieza han permanecido a la misma temperatura: la del medio de cocción.

Podrías pensar entonces que la temperatura de cocción es sólo importante en los alimentos voluminosos por la diferente penetración del calor pero que no tiene otros efectos.

No es así.

Porque la temperatura actúa sobre la textura…

…de la carne y el pescado

En la transformación del músculo en carne actúan enzimas (calpaínas y catepsinas) que destruyen las uniones de las miofibrillas (responsables de la rigidez en el rigor mortis) y provocan cambios en las proteínas, el glucógeno, las grasas y los lípidos dando los aromas característicos y deseables de la carne.

Estas enzimas se destruyen a unos 50ºC, pero justo por debajo de esta temperatura tienen una actividad máxima.

Con la cocción a baja temperatura la carne permanece más tiempo en el rango en el que las enzimas actúan a la máxima velocidad y da como resultado una carne más tierna y aromática.

Cuando la temperatura de la carne llega a 60ºC, se coagulan las proteínas y la carne se vuelve firme y húmeda.

Entre 60 y 65ºC se produce la destrucción del colágeno, que se encoge y presiona el fluido de las células haciendo que la carne pierda humedad y quede seca.

Al seguir cocinando y alcanzar los 70ºC, el colágeno que daba rigidez y firmeza a la carne se disuelve para formar gelatina. Las fibras musculares están firmes y secas por la pérdida de humedad, pero al desaparecer el tejido duro y convertirse en gelatina la sensación es de una carne tierna.

Cuanto más colágeno tenga la carne (es decir, cuanto más dura sea la pieza), mejor resultado tendrá la cocción a baja temperatura al mantenerse más tiempo a esos 70ºC y conseguirás un alimento meloso, suave y sabroso.

La cocción a baja temperatura da resultados geniales con las carnes duras y los pescados cartilaginosos.

En el caso del pescado las proteínas se comportan de forma diferente: empiezan a destruirse a temperaturas más bajas y las cocciones deben adecuarse a esta característica.

La cocción a baja temperatura es ideal para los pescados cartilaginosos y algunos moluscos como el pulpo o el calamar porque tienen una gran cantidad de colágeno que se transforma en gelatina entre 50 y 60ºC. Si se cocinan a menos temperatura o durante poco tiempo quedan correosos.

…de las verduras

Muy bien, tenemos una carne genial con una ternura increíble.

Pero, ¿qué pasa si además de carne el guiso lleva verduras? ¿O si quieres un plato elaborado exclusivamente con verduras?

Pues que los resultados también serán mejores.

En lugar de reblandecerse y perder su estructura (que parece una consecuencia normal después de tanto tiempo de cocción), con esta técnica las hortalizas conservan su firmeza y no tendrás una especie de puré desintegrado.

Con la cocción a baja temperatura las verduras conservan su textura firme y suave y no se descomponen.

Esto se debe de nuevo a la acción de unas enzimas, las poligalacturonasas, que se activan a unos 50ºC y se inactivan a más de 70ºC.

(Aquí puedes descargarte un documento que te habla de estas enzimas)

Las poligalacturonasas alteran las pectinas de las paredes celulares de las verduras y permite que se formen enlaces con el calcio. De esta forma las paredes son más resistentes y la verdura tendrá una consistencia más firme.

Incluso si la temperatura es más alta y destruye las enzimas el resultado será bueno: las verduras habrán pasado tiempo suficiente en el rango de 50 a 70ºC, las enzimas ya habrán actuado y las paredes conservan su firmeza a lo largo de la cocción.

¿Y qué pasa con los huevos?

Que controlando el tiempo, y con una temperatura de cocción por debajo de los 100ºC se pueden conseguir combinaciones de texturas entre la clara y la yema (y tendrás presentaciones sorprendentes como un huevo aparentemente cocido por fuera pero con la yema sin cuajar).

Esto se debe a las diferentes temperaturas de coagulación de las proteínas que forman la yema y la clara.

Las proteínas de la clara empiezan a coagular a unos 63ºC. A los 65ºC solo una parte de las proteínas ha coagulado pero es suficiente para que toda la clara tenga consistencia sólida y tierna a la vez.

En cambio, en la yema este proceso empieza a los 65ºC y se completa a los 70ºC.

Esa diferencia de 2ºC hace que controlando bien la temperatura en ese rango puedas conseguir un huevo con la clara cuajada la yema líquida y cremosa.

olla de coccion lenta huevo

Y además la clara estará melosa, no será una masa firme.

Pero si sigues subiendo la temperatura por encima de los 80ºC, la proteína principal de la clara sí coagula y ganará consistencia perdiendo la cremosidad.

Muchas ventajas y algunos inconvenientes

Además de los efectos positivos sobre la textura, un aspecto muy positivo de esta cocción es que te permite reproducir el mismo resultado muchas veces.

Mientras que otras técnicas como el horneado son más impredecibles (y a la misma temperatura y tiempo los resultados son diferentes según el tamaño de la pieza o la calidad), con la baja temperatura se obtiene siempre el mismo punto de cocción.

Y se minimizan las consecuencias de los errores: diferencias en los tiempos de cocinado no suponen pasar del éxito al desastre, el plato no se pasará ni quedará crudo incluso aunque no ajustes el tiempo perfectamente.

Los platos cocinados a baja temperatura no se pasan de cocción (aunque te pases de tiempo).

Los expertos destacan también la posibilidad de preparar las comidas con antelación, dejándolas toda la noche, por ejemplo y dándoles un calentamiento final justo antes de servir.

Y aunque la olla tiene que estar encendida durante muchas horas, el gasto energético (y económico) al final es menor porque necesita mucha menos potencia.

Pero no todo es maravilloso.

Porque precisamente una ventaja como la uniformidad de la cocción de la carne, por ejemplo, puede ser un efecto poco deseable en la presentación final: la pieza no presentará el tostado superficial tan apreciado en los asados.

Esto se debe a que a esas temperaturas que se alcanzan no son suficientes para que se produzca la reacción de Maillard, que produce el color pardo oscuro y el sabor y el aroma característicos (y deseados).

Para solucionarlo puedes marcar las piezas a la plancha antes o después de la cocción a una temperatura más alta de lo normal para que el sellado sea rápido y no se cocine el interior.

¿Y qué pasa con la seguridad alimentaria?

Aunque por la extensión del post no voy a poder desarrollar todos los aspectos de seguridad, hay un par de conceptos fundamentales que te tengo que comentar.

En general se considera que para que un alimento sea seguro, el centro del producto tiene que alcanzar los 70ºC (temperatura suficiente para eliminar los principales microorganismos patógenos).

La cocción a baja temperatura puede estar un poco por debajo de este valor.

Pero los microorganismos no se destruyen a una temperatura única. Si se aplica una temperatura más baja pero se mantiene más tiempo, el tratamiento será equivalente.

No hay una única combinación válida de tiempo y temperatura.

Distintas combinaciones de tiempo y temperatura pueden ser equivalentes para destruir los microorganismos.

Es lo que sucede por ejemplo con la pasteurización. Podemos hablar de una pasteurización baja que combina temperaturas de 62-68ºC durante 30 minutos o pasteurización alta con temperaturas de 72ºC-85ºC durante 15-20 segundos.

Los tiempos y las temperaturas son muy diferentes pero en los dos casos se destruyen los microorganismos patógenos.

Aun así, puede haber problemas que están más relacionados con las malas prácticas de elaboración (que afectan a cualquier método de cocinado) que con el tipo de cocción.

Si programas la olla para que arranque la cocción a una hora determinada y el plato esté listo a la hora de la comida, el alimento crudo pasa varias horas a temperatura ambiente y los microorganismos alterantes y patógenos pueden multiplicarse, estropear el alimento y generar un problema de seguridad.

Lo mismo sucedería si se cocina con demasiada antelación y se deja el plato acabado a temperatura ambiente. Es una práctica incorrecta. Habría que enfriarlo rápidamente tras cocinarlo, conservarlo en el frigorídico y calentarlo de nuevo (al menos hasta que alcance 70ºC) antes de servirlo.

En resumen, es una técnica que no tiene problemas de seguridad en general pero que hay que aplicar de forma adecuada y respetando siempre las buenas normas de manipulación y conservación de los alimentos.

¿Te lo estás pensando?

No me extraña.

El resultado es increíble y puede ser lo más parecido a la forma tradicional de cocinar los alimentos: durante muchas horas y a fuego lento.

Y, aunque para mí lo ideal sería que todos los aspectos de la vida se pudiesen cocinar a fuego lento (y bajar la velocidad a la que vamos cada día), la alimentación es un buen punto de anclaje para empezar.

 

¿Te interesan las técnicas culinarias? Te llevo de la técnica tradicional de la olla lenta a la cocina más revolucionaria: la sferificación.

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