Si durante esta pandemia te has preguntado cómo nos infecta el coronavirus, cuáles son los síntomas más habituales, cómo se diagnostica o cuáles son los tratamientos que se están usando DE VERDAD en la práctica clínica, no puedes perderte la primera parte de esta jornada.
El Doctor Miguel Marcos es Médico Internista del Hospital Universitario de Salamanca, ha estado en la primera línea de la asistencia a los enfermos y nos regaló una ponencia magistral sobre las certezas e incertidumbres que tenemos por el momento en relación con el coronavirus.
Mónica de la Fuente ejerció de presentadora y moderadora de una tarde increíble en la que pudimos aprender de Laura Caorsi, Julio Basulto, Rafael García-Vilanova, Ignacio Novo, Francisco Ojuelos y José Ramón Chaves.
El 10 de mayo estuve en Saber Vivir de TVE para darte unas pautas básicas que debes saber sobre la desinfección de frutas y verduras que vayas a consumir en crudo y, la gran pregunta, ¿hay que desinfectar los envases?
Además, te cuento si las temperaturas frías o calientes ayudan a destruir el coronavirus.
Y, por si te queda alguna duda cuando veas el vídeo, aquí tienes toda la información pormenorizada.
¿Cómo limpiar y desinfectar alimentos y superficies?
Por el momento, no hay evidencia de que el coronavirus se transmita a través de los alimentos, pero sí es importante que maximicemos la higiene alimentaria en nuestras cocinas.
La pauta básica es sencilla: lavarnos las manos continuamente con agua y jabón.
Debemos lavar bajo el grifo e intensamente las frutas y verduras. Si vamos a consumirlas crudas, podemos desinfectarlas sumergiéndolas durante 5 minutos en agua con lejía, teniendo en cuenta que esta debe ser “apta para desinfección del agua de bebida”. No es difícil de encontrar en el supermercado y podemos comprobar si es apta porque lo pone en la etiqueta. La proporción es 4,5 ml de lejía (es decir, una cuchara de postre) por cada 3 litros de agua. A continuación, tendremos que aclararlas con abundante agua corriente. También puede usarse un desinfectante comercial para vegetales, siguiendo en ese caso las instrucciones de la etiqueta.
No está recomendado el uso de jabón o detergente, así que, si no tenemos lejía o desinfectante, solo las lavaremos intensamente bajo el grifo.
En cuanto a la limpieza y desinfección de los envases, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición indica que no hay pruebas de que envases contaminados que han estado expuestos a condiciones y temperaturas diferentes transmitan la infección. No obstante, también señala que para evitar que al tocar un envase que pudiera estar contaminado, el virus pase al sistema respiratorio (por ejemplo, al tocarse con las manos la cara), los consumidores debemos extremar las medidas de higiene, lavándonos las manos regular y eficazmente. Además, si el alimento tiene un envase exterior (como un cartón o un plástico que envuelva latas u otros envases) debemos desecharlo antes de guardar los alimentos.
Como precaución adicional, la Agencia indica que los envases de cristal, de plástico y las latas, pueden limpiarse con agua y jabón. Y se aconseja usar desinfectantes para limpiar los envases, ya que algunos son porosos y permiten el paso de la sustancia desinfectante, lo que puede suponer un riesgo para la salud.
Para limpiar y desinfectar superficies que sospechemos que se han podido contaminar, como la encimera de la cocina, tendremos que proceder a una limpieza inicial con agua y jabón y, a continuación, desinfectar con lejía diluida (2 cucharadas por litro de agua) o alcohol de más de 70º. Debe dejarse actuar durante 5 minutos antes de aclarar.
¿El frío destruye el coronavirus?
Las temperaturas frías no destruyen el coronavirus ni otros microorganismos, así que congelar los alimentos o guardarlos en el frigorífico no sirve para eliminarlo.
Por supuesto, es imprescindible que todos los alimentos perecederos que requieran frío se mantengan en el frigorífico y podemos seguir usando el congelador de la forma habitual, pero no son un método para higienizar los alimentos.
La temperatura adecuada a la que tenemos que programar el frigorífico es de 4 grados o menos, y la del congelador, igual o inferior a 18 grados bajo cero.
¿Y qué pasa con el calor?
Las temperaturas altas sí destruyen el coronavirus, así que es especialmente importante en este momento cocinar completamente los alimentos, especialmente los que tienen más riesgos microbiológicos de forma habitual como la carne, el pescado o los huevos.
Es suficiente con que se alcancen 71ºC en el centro del alimento.
Un cocinado normal en los fuegos de la cocina y en el horno son seguros, pero debe evitarse cocinar en el microondas porque la distribución de calor no es uniforme y puede haber zonas que no alcancen una temperatura segura.
Si tenemos sobras, nunca debemos dejarlas más de dos horas a temperatura ambiente (una durante los meses de calor) y calentarlas completamente antes de consumirlas.
Y recuerda que tienes un montón de recursos sobre alimentación y coronavirus en este post.
Todo método de procesado de alimentos supone una modificación en su valor nutricional, pero no implica necesariamente que el resultado final sea menos nutritivo. Por ejemplo, el calor incrementa la digestibilidad (se digiere mejor) y la biodisponibilidad (absorción) de algunos nutrientes, mejora la calidad higiénica al destruir microorganismos y elimina compuestos que aparecen de forma natural en algunos alimentos y pueden ser tóxicos en altas concentraciones.
El calor puede producir la pérdida de algunos nutrientes termosensibles en un grado que dependerá de la intensidad de la temperatura y de la duración. Además, si se cocina con agua, los compuestos hidrosolubles se pierden en el líquido de cocción. El microondas acorta los tiempos de cocinado, lo que supone menores pérdidas de nutrientes que en cocciones más largas.
Tanto la Administración de Medicamentos y Alimentos de Estados Unidos (FDA) como la Escuela de Medicina de Harvard indican que cocinar con microondas no reduce el valor nutricional en mayor medida que los métodos convencionales. La evidencia científica nos asegura, además, que puede presentar ventajas sobre otras técnicas, porque produce menores pérdidas de antioxidantes vegetales.
O nos pasamos, o no llegamos. O desdeñamos el riesgo de enfermar por una mala higiene en casa –un tercio de las intoxicaciones alimentarias se generan en el hogar, por ser un poco guarretes manipulando alimentos-, o pretendemos conseguir una asepsia imposible desinfectando cada rincón como si estuviésemos escondiendo las huellas de un crimen.
Claro que el contexto ha cambiado: estamos en medio de una pandemia y tenemos todos nuestros sentidos en alerta, tratando de ser conscientes de cada movimiento y planteándonos si en nuestra salida a hacer la compra hemos cometido algún error que pueda suponer un riesgo. No hay nada más terrorífico que lo cotidiano convertido en amenaza, y pensar que un bote de tomate, un paquete de pasta, una botella de aceite o una lechuga pueden meternos el virus en casa es directamente de película de Dario Argento.
Coincidiendo con la crisis por el coronavirus, las consultas al Instituto Nacional de Toxicología se han incrementado un 17 %, y el 15% de las llamadas eran por intoxicaciones por usar lejía y otros desinfectantes de superficies. No sabemos si esas superficies eran de productos adquiridos durante las salidas a comprar comida, pero sí que en una cuarta parte de los casos se había mezclado lejía con amoniaco, salfumán, vinagre, alcohol, anticalcáreos, limpiahogares o lavavajillas.
Son bulos que están proliferando en todos los formatos, a veces apoyados en determinadas figuras de autoridad (como el vídeo de una médico inhabilitada, que desmentí en Salud Sin Bulos) y, en medio de este ruido, cada vez es más difícil diferenciar los hechos de las opiniones o, directamente, de las mentiras flagrantes y malintencionadas.
¿Te imaginas que fuera tan fácil? Un tratamiento barato, accesible y casi milagroso.
Pero no funciona así. Hay varios estudios sobre su administración intravenosa en grandes dosis, pero acaban de empezar y todavía no hay resultados.
Lo cuento todo en un artículo para El Comidista en el que, además, te explico también por qué el zumo y las naranjas tampoco van a ayudarte con el catarro.
Y sí. Hay que aclarar que la vitamina C no ha probado su eficacia contra el coronavirus, porque ya han aparecido las primeras voces difundiendo rumores sobre los increíbles -y casi milagrosos- efectos que tendría un tratamiento con megadosis de esta vitamina en vena. Cuanto más complejo es un problema, más ruido generan quienes dan una solución simple y casi inmediata (no voy a enlazar ninguna porque ya están teniendo bastante repercusión sin necesidad de hacerles publicidad, pero es fácil encontrarlas googleando).
Entidades sanitarias de reconocido prestigio como la OMS o el CDC recuerdan que por el momento no hay un tratamiento específico. Si se han publicado pautas de tratamiento de la Covid-19 -podemos encontrar las de la OMS, el Centers for Disease Control and Prevention o nuestro Ministerio de Sanidad, entre otros- que incluyen desde el tratamiento sintomático con antipiréticos (fármacos que bajan la fiebre) en los casos más leves, a soporte respiratorio y monitorización en los casos graves; pero no contempla el uso de vitamina C ni de ningún otro micronutriente… Sigue leyendo.
Este virus es nuevo, lo estamos aprendiendo todo sobre la marcha y será la ciencia la que nos dé la solución (como siempre ha hecho).
Tienes todos los recursos que he ido publicando sobre el coronavirus en este artículo.
En plena pandemia por el coronavirus se han multiplicado los anuncios de complementos alimenticios que, supuestamente, son justo lo que necesitas para reforzar tu sistema inmune.
Seguro que lo has oído en la radio, te ha saltado como banner cuando navegabas por internet o lo has visto en el escaparate de una herboristería.
Y es superior a mis fuerzas. Sencillamente, no lo puedo soportar. Que en momentos como este, en los que estamos luchando como sociedad y de forma individual contra la mayor amenaza sanitaria de nuestra generación, no concibo que hay quien quiera sacar provecho de la situación.
Cuando todos estamos poniendo lo mejor de nosotros mismos (ya sea atendiendo a pacientes en los hospitales, despachando en una tienda o trabajando desde casa), una pequeñísima parte se comporta como cuatreros del siglo XXI y quieren salir de esta con un positivo en su cuenta de beneficios.
Sí, te hablo de quienes están promocionando complementos alimenticios que prometen ayudar a tus defensas «cuando más lo necesitas» (con el inherente mensaje implícito que acarrea en estos días cruciales) o que, directamente, se saltan la legislación y aseguran que pueden prevenir o tratar la infección por coronavirus.
Hablo de ello en Materia Ciencia de El País, en un artículo en el que te explico por qué hay alegaciones sobre los beneficios de un complemento sobre el sistema inmune que son legales (aunque podríamos discutir su honestidad y ética) y por qué otras son denunciables.
Ni el propóleo, ni el reishi, ni la equinácea, ni el shitake, ni el espino amarillo, ni el saúco negro, ni la jalea real ni ningún otro compuesto exótico que se te ocurra ha probado ante la EFSA que ayude al sistema inmune y no puede hacerse ninguna alegación sobre ellos: muchos lo han intentado, pero la EFSA ha rechazado las solicitudes porque no se ha podido probar su efecto.
¿Cómo es posible que haya tantos complementos con estos ingredientes que se promocionen como “ayuda para tus defensas”? Porque tiene truco. Aunque el ingrediente reclamo sea una hierba insólita o un hongo milenario, el suplemento contiene también un nutriente de los que sí que pueden llevar alegaciones (vitamina C, D, selenio o cualquiera de la lista), que es el que sustenta la propiedad saludable (y evita que les caiga una sanción como un piano por incumplir la legislación). Sigue leyendo.
(Te aclaro que para leerlo tendrás que registrarte en la web de El País. Es gratuito pero te llevará un par de minutos)